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EL COCODRILO, Museo de Villa Adriana (Gab. Fot. Nac.)

 

 

“Lucha hasta el alba”

de Augusto Roa Bastos.

Fábula restaurada de un texto recuperado

Lo que cuenta es ese punto sombrío que está ahí, en un afuera no representable, bajo una falsa apariencia de presente y todavía venidero, siempre y ya pasado esperando algo detrás de lo que sucede.

(ROA BASTOS, Augusto: La caspa)

  

Paco Tovar

 Reconocido por el propio Roa como su primer cuento, “Lucha hasta el alba” aparece publicado en la revista Texto Crítico del Centro de Investigaciones Lingüístico-Literarias de la Universidad Veracruzana. En un breve prólogo, el autor nos dirá respecto a su relato: “...quedó perdido y olvidado durante más de una treintena de años. De esos años de amnesia, de seguro no inocente, dudé incluso que el tal cuento no fuera más que una nebulosa de proyecto literario: la paráfrasis del texto bíblico sobre la lucha nocturna de Jacob, que yo prefería de entre todos los que mi madre leía por las noches y que invariablemente comentaba en guaraní, reinventándolos a veces en un tiempo más cercano y con personajes conocidos” (1)

Biografía personal, atención, selección y adaptación de la lectura a una sensibilidad más próxima, escuchada y asimilada en la intimidad familiar, así como la importancia que adquiere la tradición bíblica, traducida al idioma de la tierra y a la experiencia inmediata, son los elementos que destaca el responsable de las páginas perdidas, y reencontradas fortuitamente, según propia confesión, entre las hojas del Tratado de pintura de Leonardo de Vinci, volumen que Roa reconoce apreciar particularmente por haberle enseñado a ver “el sentido del mundo como un vasto jeroglífico en movimiento pero cuyos signos son tal vez indescifrables” (2).

Un epígrafe, extraído del Génesis: “Y quedose Jacob solo, y luchó con él una Persona hasta que rayaba el alba” (3), encabeza el relato, en el que no se esconde la influencia, y /92 hasta la copia fragmentada, del primer libro del Pentateuco.

“Lucha hasta el alba”, nos viene narrado en tercera persona, alternada con una primera en la que el protagonista se erige en relator, gracias a la transcripción de su voz en estilo directo por parte de un autor, que consigue así el tono adecuado para su discurso, a la vez que se confunde con éste y con el protagonista de su historia, transformando el texto en cuerpo del delito, en “vestigio de una pesadilla más que de una historia vivida. La prueba, además, de que los relatos en que predominan los elementos autobiográficos idealizados o sentimcntalizados son irremediablemente falsos puesto que surgen del amor propio o de la autocompasión que son los elementos más distorsionadores de toda faena artística” (4). Un El-Yo se alternan, superponen y confunden, para dialogar con el lector, explicando todo lo visto, oído y sentido por un personaje capaz de abordar su figura, vivida-narrada, desde diferentes ángulos, dándole a la palabra la dimensión adecuada para atraer la atención y provocar la impresión de un receptor consciente, un tú lo suficientemente próximo al que compromete con el misterio de lo narrado.

El argumento se reduce, en sus términos, a la acción de un muchacho campesino que sufre en su cuerpo y en su amor propio el castigo de un padre demasiado severo, el cual desconoce el verdadero alcance de la respuesta de su hijo, quizás por eso se empeña en someterlo sin motivo ni culpa aparentes o, posiblemente, aquél pretenda expiar en su carne trascendencia la ignorancia de su propio miedo:

 

“Papá no es hombre malo, pero me cree malo a mí. El sabe que su infancia murió hace tiempo, pero no sabe que yo soy más viejo qué el. Capaz por eso me pega con esa correa doble que él usa para asentar el filo de su navaja. Pero no pega nunca a Esaú. Mamá me dice que es porque mi hermano es contrahecho y tiene la cabeza un tanto desvariada”. (5)

 “...Papá no es hombre malo y yo diría que es el más bueno si no fuera por ese miedo que tiene a lo que no sabe o no entiende, o que tal vez lo sabe tan bien que lo olvidó”. (6)

La única defensa del chico, y su sola rebeldía, está en concebir y escribir en la oscuridad de la noche, junto a la débil luz que desprenden unas luciérnagas encerradas en un frasco, la injusticia y el trato diferente respecto a su mellizo Esaú:

“del que nunca puede separarme como si siguiera trabada su mano a mi calcañar desde que nacimos juntos. Eso dice mi mamá cuando cuenta que él es mayor porque nació último y que su alma está derramada en mi como la mía está derramada en él. Pero yo no quiero un alma así, tan de dos sin ser de nadie y que sin ser nada y al mismo tiempo doble da a uno tanta aflicción”. (7)

el otro-uno-mismo, semejante y distinto, inseparable y, sin embargo, disyuntivo o, cuando menos, ambiguo. /93

Cualquier excusa es buena para provocar la ira del adulto enfebrecido por el terror del vacío,

“La cosa más mala que puede caerle a un cristiano. Y lo que yo siento es que papá tiene miedo a otra cosa que él mismo no entiende qué es”. (8)

Arbitrariedad, inseguridad, pánico y rabia, esta última irracional o razonada, están presentes en el relato de Roa y en los actos y las palabras de sus personajes, entre los que se incluye la figura femenina como moderadora entre el agresor y el agredido -si el padre usa la violencia contra su primogénito, éste también lo hace en su sueño de naturaleza real, lo que implica una inversión de papeles en un movimiento pendular de estímulo respuesta-. El esfuerzo escriptural se verá condicionado por el secreto, la sorpresa y la tiniebla; la lucha física se ampara en la sombra traicionera; el resultado de ambos se descubrirá con la luz del amanecer y de las luciérnagas, lámparas naturales que mostrarán el final de un proceso, que, cumpliendo su ciclo necesario, obligará al hombre a enfrentarse con su noche. Los bichos luminosos se van apagando y el niño,

“Ya no vio la forma de su mano. Se puso el lápiz entre los dientes. Empezó a envolver el frasco con el mismo cuidado del comienzo (...). El muchacho sintió el peso enorme de la noche amontonada en el cuarto. Tomó el frasco a tientas, abrió la puerta y salió sin hacer ruido”. (9)

No basta con susurrar y registrar sus rumores, con hablar en “voz muy baja para sí mismo; le habría sido difícil tal vez seguir su pensamiento sin apuntarlo con ese susurro” (10), hay que salir del lado de fuera y sentir la fiebre del cuerpo en contacto con el aire exterior. Es justo ahí donde está el verdadero peligro de un caminar en perpetua disyuntiva y la amenaza cierta de ser asaltado por las sombras, habitadas por ese alguien desconocido que puede descargar sus zarpazos en cualquier momento, hiriendo el cuerpo y la inteligencia del sujeto que deberá demostrar su fortaleza. La lucha es ineludible e inmediata, y con ella se cumple la victoria, que puede convertirse en derrota:

“Luchó cada vez con más fuerza logrando que todo el peso de la noche entrara en SU brazo. Sintió que ese esfuerzo desbarataba los malos recuerdos, sintió que los arrojaba de si en los espumarajos que echaba por la nariz y por la boca. Sintió que sudaba sangre y que este sudor lo purificaba, que lo volvía más liviano, sin peso ninguno, por ser sin ser, pero que todavía estaba vivo y que sólo vivía para triunfar en esa lucha con el Desconocido. Como éste notó que no podía contra él, puso su puño forzando la palma del anca del muchacho y le descoyuntó el muslo. Pero el muchacho no cejaba y arremetía con creciente encarnizamiento.

 La voz dijo: ‘¡Déjame, que el alba sube!’ y el muchacho gritó fuerte, no como un ruego sino como una orden: ‘¡No te dejaré si no me bendices!’ La voz dijo: ‘No puedo bendecirte porque estás maldito para siempre!...’

 El muchacho siguió luchando ciegamente, hasta que se dio cuenta de que había estrangulado a su adversario. su cuerpo permanecía abrazado a él, pero ya inerte y sin vida. El muchacho se sacudió y lo dejó caer. Su pie /94tropezó con una piedra. La levantó y contempló entonces la cabeza separada del tronco. Y en esa cabeza descubrió el rostro de filado perfil de ave de rapiño del Karai-Guasú, tal como lo mostraban los grabados de la época. Pero también vio en la cabeza el rostro de su padre (...). El día claro le mostró dos paisajes superpuestos, dos tiempos, dos vidas, dos muertes”.   (11)

El trofeo se materializa en el cráneo, la caja que contiene el cerebro, lugar en el que se encuentran la memoria, se agiliza el recuerdo y se forma la inteligencia que ha de procurar el conocimiento, así como los centros rectores y ordenadores de los sentidos, lo que convierte al sujeto en poseedor de la totalidad, incluyendo en ella su principio, su trayecto y su final, distintos y superpuestos, su existencia entera, y con ella la de los demás, en un juego de imágenes en el que la verdad comparte e incluye su misma mentira:

“Esa voz no era la suya, ni la de su madre, ni la de las Escrituras, ni la voz que había entrado muchas noches en su vigilia cuando al resplandor fosfórico de las luciérnagas escribía a su manera la historia de Jacob y su lucha hasta el alba. Sintió en lo hondo de sí que todo era falso. Un sueño. Pero esa falsedad, ese sueño, eran la única verdad que le estaba permitida”. (12)

Es el instante en que el ser, su cabeza y sus miembros envejecen irremisiblemente y no por la extensión del tiempo, sino por su intensidad. De esta forma se vuelve al origen: la casa propia o sus cercanías y la letra personal que hace posible el relato. “Lucha hasta el alba” registra una transposición de sustantivos propios. Nazaret y Zacarías son el destino último-primero y la persona a la que el niño-viejo ofrece su trofeo a bajo precio, sin haberse dado cuenta que lo que ha llegado a conquistar con su esfuerzo se ha ido empequeñeciendo hasta desaparecer del todo, dejando en su puesto un vacío que difícilmente puede convencer al comprador de la existencia de aquello que debe canjear por su dinero -el conocimiento se alcanza individualmente, no valiendo la experiencia y el sufrimiento ajenos, que, en todo caso, servirán para informar o prevenir al nuevo luchador-, tanto más si el que trae la sabiduría es una criatura en su vejez y el que debe recoger el presente se considera por encima del común. La palabra sagrada es un símbolo en poder del chamán y un sacrilegio en los labios del no iniciado, o el que lo ha sido al margen de las normas y la vigilancia del maestro. Jacob conoce el nombre-hombre, Phanuel, que en hebreo quiere decir el-que-ha-visto-la-faz-de-Dios; Zacarías se resiste a creerlo y se sorprende que

un muchacho campesino de Manorá pudiese conocer el nombre y pronunciarlo con acento arcaico. Se lo hizo repetir. El muchacho Jacob volvió a decir claramente:

 - ¡Phanuel!

El rabino Zacarías retrocedió. Su voz se volvió dura:

 -¡Deja en paz lo que no entiendes y es sagrado!

El hombre malo, el hombre depravado anda en perversidad de boca. Y /95 tú no eres el suplantador que estará en lugar de aquel hombre santo. Anda y trabaja los campos y siembra la cosecha.

El muchacho Jacob inclinó la cabeza. De entre los cabellos encanecidos cayeron sobre sus pies gotas de sudor o de lágrimas.

- Vete- le dijo el rabino, y cerró la puerta después de arrojarle unas monedas.

La noche había caído de nuevo”. (13)

La tiniebla sigue reinando entre los hombres que no dudan en apartar al elegido, provocar su éxodo o propiciar su muerte. La liberación seguirá siendo una idea y, como tal, el motor que permita que la historia recomience:

“-A éste no le puede pesar ya nada -dijo moviendo la cabeza.

¿Qué quieres decir? -preguntó el posadero.

El hombre regresó al mostrador, bebióse de una trago la media caña.

-Ese ya huele a muerto”.  (14)

La “verdad no se sabe”, dice la madre de Jacob, pero éste ha encontrado la clave del conocimiento: “Yo veo y me callo. La verdad no se ve, digo”(15)

El paralelismo intencionado, entre el trozo de la lucha de Jacob con el ángel en el Génesis y el relato de Roa, confieren a este último calidad de texto bíblico, sin rechazar por ello la parte de mensaje social que le corresponde, devolviendo a la narración la intencionalidad primera, debidamente aproximado a la experiencia íntima y la palabra que la expresa convenientemente reactualizada para alcanzar su trascendencia -el mismo proceso y semejante intención se pueden contemplar en las páginas bíblicas.

“Lucha hasta el alba” no es sino una traducción de un trozo de la Biblia, en el que se han reinterpretado y reformulado su sentido y su forma para mejor llegar a la sensibilidad y h inteligencia del paraguayo, cumpliendo una vez más el procedimiento literario practicado por los judíos para llevar a cabo la escritura de sus textos sagrados. La epigrafía es común en ambos relatos, sin que ello plantee como problema la fijación de su autor y su localización individualizada, como tampoco la acusación de plagiario o aprovechado, sino que, por el contrario, afirma la autenticidad de la misión profética del sujeto singular comprometido con su historia, uno y otra implicadas en un continuismo, consciente o inconsciente, en el que cuenta la tradición, y con ella la de palabra que recoge, revisa, selecciona reordena y crítica el sentido de un vivir responsable y de unas instituciones que de él nacen. Todo decir-hacer posterior al origen sólo tiene como fin la evidencia de una obra abierta, inconclusa, que se va complementando, comprendiendo, extendiendo y precisando en discursos posteriores. El autor se multiplica en sus registros, enriqueciendo su herencia, recogida del espíritu, de la lengua y del estilo.

“Lucha hasta el alba” mantiene el sentido primigenio, usa la lengua materna en su recepción, la colonial para su proyección, y el estilo narrativo de un verdadero narrador de cuentos diluido en su relato. Augusto Roa Bastos se esconde tras su discurso.

El Jacob del cuento repite a su homónimo del Génesis, y ambos encarnarán el Israel /96 que dará a su raza el número y la fuerza necesarios para alcanzar su verdadero destino, siendo, a su vez, descendiente del primer hombre que hizo posible la concepción y la génesis de todo un pueblo:

“-iAhí lo tienen al futuro tirano del Paraguay! ¡Rebelde ahora, déspota después!... ¡A vergajazos voy a enderezar al verdadero cachorro del maldito Kari-Guasú”.  (16)

 “Él le preguntó: ‘¿Cuál es tu nombre?’ ‘Jacob, respondió éste’. Y añadió el hombre: ‘No será ya Jacob tu nombre, sino Israel, porque has peleado contra Dios y contra los hombres y has vencido Jacob, a su vez, le preguntó: ‘Dime, te ruego, tu nombre’. Pero él respondió: ¿Por qué quieres saber como me llamo? Y allí mismo le bendijo.

Llamó Jacob a aquel lugar Phanuel porque dijo:

‘he visto a Dios cara a cara y he salvado la vida”. (17)

La escena, como la vida, acaba en las tinieblas y de ellas nace, realizándose el necesario círculo. Roa encontró su manuscrito después de más de treinta años de extravío, diciéndonos de su hallazgo: “Me produjo quizás el mismo pavor que debí sufrir cuando intenté transcribir tales fantasmagorías en esos amarillentos papeles con membrete del ingenio azucarero donde trabajaba mi padre como modesto empleado de la administración; papeles que robaba y en los que escribía a la luz de un frasco lleno de luciérnagas, la lámpara secreta de mi infancia.

“El manuscrito roto, casi ilegible y al que le faltaban las páginas, representó para mí la prueba de un doble parricidio, el más simbólico” (18)

Verdad, ficción y sacrificio se funden en un sólo acto ritual: la escritura, y un único símbolo: lo escrito, provocando en el lector-autor, íntimo y extraño, la consciencia de una resurrección, revitalización mejor, capaz de impresionarlos desde el principio.

 

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