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La personalidad
poética
de Alfonso
Costafreda *
Pere
Rovira
Por
habituado que uno esté a la inercia con que suele funcionar aquí el negocio
poético, le resulta difícil explicarse casos como el de Alfonso Costafreda,
uno de los poetas más importantes de su generación y, transcurridos ya diez años
desde su muerte, el más pertinazmente ignorado de todos ellos. Tanto es así,
que, de no ser por la atención de algún antólogo y, sobre todo, por la lealtad y
el sentido de la amistad de Jaime Ferrán, resultaría hoy imposible leer a
Costafreda. Sus libros, incluso en bibliotecas como la de Catalunya o la
Universitaria, son inencontrables, y el lector interesado sólo dispone del
estudio-antología publicado por Ferrán en 1981 (1), para intentar suplirlos con
cierta amplitud. Es posible que parte de este olvido se deba a las
características mismas de la poesía de Alfonso Costafreda, no demasiado acorde
con el gusto, tan hispánico, por el derroche verbal; y tampoco hay que olvidar
que el poeta fijó desde 1955 su residencia en Ginebra, con el
consiguiente alejamiento de la sociedad literaria que esto significaba
-sociedad, por otra parte, no muy predispuesta a tenerle en cuenta-. Todo ello,
más alguna lejana rencilla de la que ya no vale la pena hablar, unido a la
vocación de marginalidad del mismo Costafreda, favoreció sin duda la situación
que lamentamos. Pero más que de comprenderlo, es hora ya de subsanar un error
que a todos los amantes de la poesía nos perjudica, porque de bien poco puede
servir discurrir acerca de una obra mientras ésta, lo verdaderamente importante,
continúe siendo inasequible. Lo diferente de Costafreda se advierte ya en el marco de sus relaciones más cercanas: /50 Barral, Ferrater, Goytisolo, Gil de Biedma, los poetas del “grupo de Barcelona”. Más aún que la escasez de concomitancias expresivas, lo que distingue a Alfonso Costafreda es una concepción excesiva del deber poético, una casi religiosa entrega a la poesía que, desbordando la página, llega a devorar su vida. Pienso que Alfonso Costafreda fue víctima de una imagen del poeta ya imposible, y en este anacronismo reside su peculiar modernidad: su sacralización de lo poético alude claramente al vacío del hombre moderno, un vacío que, en desacuerdo con los tiempos, no aceptó llenar -o encubrir- con las peripecias de la vida común. Por eso, en el lugar de la ironía, componente esencial en la obra de sus compañeros, encontramos en la poesía de Alfonso Costafreda la sed de ser y el sufrimiento. Quiso con la poesía borrar el sinsentido de la existencia, pero ningún dios la respondió, y su rechazo final de la vida poética -y, por tanto, de la vida- fue reconocer la victoria de ese silencio, dando inequívoca prueba de autenticidad y, pues, de comprensión del verdadero sine qua non del poeta moderno. Además de la densidad y brevedad de su obra,
nos dan testimonio de esa autenticidad de Alfonso Costafreda los poetas que
fueron sus amigos. Carlos Barral escribe: “el fondo neurótico sobre el que se
configuraba su personaje de poeta maldito, no era histriónico sino perfectamente
real y nos parecía respetable” (2). Por su parte, alguien tan poco proclive al
“exceso” poético como Jaime Gil de Biedma dijo, a raíz de la muerte de
Costafreda: “... lo único que importa es concluir manifestando mi admiración y
mi respeto por Alfonso Costafreda, que apostó toda su vida a una sola carta: ser
poeta. Y que cuando descubrió, como a todos nos ha ocurrido, que nunca sería el
poeta grande que había soñado, no quiso ser, ni aparentar, ninguna otra cosa”
(3). Palabras que,
bajo el título que las encabeza -“Después de la muerte de Alfonso Costafreda”-,
y en boca del autor de “Después de la muerte de Jaime Gil de Biedma”, resultan
profundamente significativas. El respeto tenía también que ver con una
deuda de los primeros tiempos, cuando Costafreda fue un poco el tutor de sus
amigos poetas de Barcelona: “... llegaba de un Madrid
con otra vida literaria, también provinciana, pero otra, y nos aseguraba que la
poesía española había continuado viva a pesar de las apariencias y de los
ejemplos en contrario de la literatura oficial. Yo creo que ese Costafreda
recién premiado con el primer premio Boscán, autor de un libro que sería
prácticamente la mitad de su obra. Nuestra elegía,
súbitamente restituido a
la cultura barcelonesa, fue durante un breve tiempo muy importante en el seno de
mi generacion literaria y lo fue, entre obras razones, en su función de primer
vínculo con lo que nosotros llamábamos entonces la escuela de Velintonia, la
literatura respetable que sobrevivía alrededor de Vicente Aleixandre y en medio
de los aceitosos vapores de al cultura de colegio mayor” (4) Desde la aparición de Nuestra elegía (1949) hasta la del segundo libro de
Alfonso Costafreda, Compañera de hoy, transcurren
diecisiete años de silencio, atenuados tan sólo por la publicación, en 1951, de
la plaqueta 8 poemas, y de su traducción, en 1952, de las Elegies de Bierville, de Carles Riba. El último libro,
Suicidios y otras muertes, saldría en /51 1974, desaparecido ya el poeta. Sólo dos libros, y
no precisamente voluminosos, en veinticinco años: es evidente que el rumbo
del autor de Nuestra elegía ha variado y que, desde
luego, no se trata para él de hacer carrera literaria. Claro está que la
marginación jugó aquí un papel importante -piénsese, por ejemplo, en las
repercusiones que pudo tener la no inclusión de Costafreda en la antología que,
firmada por Castellet, sirvió de presentación al grupo-, pero es posible
que la injusticia literaria que, en palabras de Carlos Barral, “Costafreda
soportó muy mal”, trabajara en su misma dirección: la ambición poética de
Costafreda y unas crecientemente difíciles circunstancias personales, descritas
por Jaime Ferrán, eran a la vez obstáculos y motor de una producción cada día
más reconcentrada y exigente. El de Costafreda no fue un problema de
renombre poético, sino de que se reconocieran la calidad y la intención de su
esfuerzo. Lo prueba el hecho de que, en vez de perseguir el consabido libro
anual, incorporase el aislamiento al núcleo de su temática, buscando en esa
imposición una dimensión más de su personaje poético. Así, la maldición
vocacional y la forzosa fueron trenzando sus causas y efectos hasta constituir
una voz sólo vencida por la imposibilidad de alcanzar lo innombrable. IIEn su segundo tomo de
memorias, Carlos Barral da cuenta del pequeño acontecimiento que significó
la aparición de Nuestra elegía: “... la evidencia de que
el primer libro de Alfonso, Nuestra elegía,
rebasado ya en aquel
momento tanto por la moda como por la poética de compromiso que intentábamos
agresivamente imponer, había sido importante en mil novecientos cuarenta y
nueve, en la época que lo premió el mismo Castellet (?), y contaba en la menuda
historia de la literatura local y de nuestro grupo” (5). Efectivamente, en diez
años -Barral se refiere aquí a la época de confección de Veinte años de poesía española-, el libro había
envejecido, es decir, para ser más exactos, Nuestra
elegía no encajaba ya en el rumbo poético -el del “compromiso”- que aquella
antología programaba. Visto desde hoy el fenómeno no deja de ser chocante, sobre
todo si se tienen en cuenta los planteamientos del primer Costafreda: “Yo siempre hablo en
plural, porque es estúpido ir por ahí mostrando sus interioridades que a nadie
interesan como tales interioridades de uno. Si es posible reflejar en la voz
poética una síntesis de las distintas interioridades, entonces ya se ha logrado
el propósito poético.” (6). En teoría, tal asunción de
la voz colectiva estaba en perfecto acuerdo con el meollo de intenciones de
la poesía social. Lo que sucede es que la plasmación de esa pluralidad surgía en
Costafreda desde unas intenciones y con unos resultados que le distanciaban de
la inmediatez que el compromiso requería. Para Alfonso Costafreda, el
compromiso era prioritariamente poético, su libro brotaba de una imagen del
poeta aprendida en Rimbaud y con una expresión claramente influida por Vicente
Aleixandre. Esto, que seguramente /52 estuvo en
la base del éxito inicial de Nuestra elegía, lo
estuvo también en la de su olvido, cuando se decretaron para la poesía
prioridades instrumentales y, sobre todo, cuando algunos compañeros de
Costafreda acertaron a hallar un nuevo punto de vista nacido de la
desacralización de la figura del poeta. Dentro del grupo, Nuestra elegía debió de contar también a otros niveles,
y no me parece el menor el que el libro significara la presencia, entre poetas
aún anónimos, del poeta publicado y premiado, con la pequeña dosis de solvencia
extensiva que su ejemplo suponía. Pero la línea de Nuestra elegía, excelente libro juvenil, no llegó a
cuajar, y pronto fue abandonada incluso por el propio Costafreda. No nos
extrañe, pues, que su pretendido desfase, los había mayores, sirviese de
argumento que enmascaraba razones personales cuando se excluyó a Costafreda de
la presentación del grupo en sociedad. A mi modo de ver, el
mérito de Nuestra elegía reside, además de en su
riqueza verbal, en que supone un intento de salida -literario y vital- de la
miseria y la abyección dominantes en la España de los años cuarenta. En su
primer libro, espléndida muestra de reacción adolescente ante la desgracia,
Costafreda, fiel a su imagen del poeta, busca una solución poética para una
realidad degradante y, en este sentido, está perfilando una característica que,
llevada de lo genérico a lo personal, presidirá su obra. Nuestra elegía, es
decir, la de una adolescencia que apuesta por la muerte de todo lo abyecto, la
muerte de la muerte, en aras de una vida más deseada que posible. Esa dialéctica muerte-vida
articula, como ha señalado Jaime Ferrán, la estructura del libro y aparece ya
desde el primer canto, evocación un tanto tremendista de la muerte y sus
efectos, donde el rechazo está implícito en los términos mismos de la
definición: La muerte, árbol de
hambrientas raíces, tormento de sangre, ocaso de amor, vida continuamente
asesinada. La muerte, espíritu de
sumisos, gran catedral de fieles.
(7) El impulso edénico,
vencedor del lado infernal de la existencia, aparece en el canto segundo
donde el poeta, proyectando el destino de su cadáver, solicita la fusión con el
universo: Quiero ser el blando descanso de los astros. No carne ni tierra sino contenido último de
los espacios eternos. (8) Muy revelador del intento
que guja al Costafreda de este libro es el breve poema que, en el canto tercero,
perfila su imagen ideal del poeta: Desde pequeño soñé ser el
poeta que explicase a los niños
la historia de los pájaros; cómo en ellos se apasiona
la vida,
[/53] se adelgazo, se
cumple, y en los cielos, ella
misma se canta. (9) Ejemplo de la ternura
expresiva que incluso en los momentos más difíciles aparecerá en la obra de
Costafreda, este poema supone también el establecimiento de una relación muy
significativa -poeta/pájaro- que en Suicidios y otras
muertes, roto ya el sueño aquí formulado, servirá para expresar el desengaño
de la palabra: ... el ave enloquecida volando. revolando sobre
el mar sin poder o sin saber
posarse, giraba en el vacío, volaba dentro de sí
misma ¿Son vida las palabras o
va contra la vida? (10) Afirma Jaime Ferrán que
“en Nuestra elegía el poeta se había colocado en una
vertiente agnóstica y de protesta absoluta” (11).
Ciertamente, uno de los capítulos más interesantes del libro lo encontramos en
el poema “La catedral y el tiempo” donde Costafreda opone a las nociones de
trascendencia, de eternidad, la fuerza gozosa del tiempo vivido. Desde un
trasfondo que recuerda -salvadas las diferencias expresivas- el “Grito hacia
Roma” lorquiano, Costafreda ve en el símbolo de la catedral la vida estafada en
beneficio de una eternidad inexistente: Pero la catedral de
solitarios se nutre, los seres que desdobla y
desnaturalizo, arrepiente y subyuga, en sus negras paredes
ennegrece y aprieta, y siempre es la misma,
única y grandiosa, la catedral de Nínive, de
Roma, de Jerusalén. la nuestra. Todas las realidades que a
su existencia prefieren la esperanza en otra
existencia, no viven ya en pleno día, son noche, se ensombrecen,
como sombras se afilan,
como vientos sin fuerza declinan: como cuerpos que han
perdido la sangre si deseaban ya no desean
si amaban se desenamoran.
(12) Con este rechazo de la
dimensión religiosa hay que relacionar el poema segundo del canto cuarto,
“Castillo absorbente”, una suerte de letanía a una amada idealizada: En este instante existe tú
solamente. Generosa la luz se
concentro en tus límites, el espacio en torno para
ti se apaga. Tú luces somos nosotros
aire para tu luz. Tú cuerpo: tú vida: tú
alimento: Nosotros sólos, sentidos
para tu cuerpo, vidas adentradas en la
tuya, borradas por tu vida: alimentados por tu
alimento. Tú, árbol de blancura,
blancos frutos
[/54] que ni por la muerte se
alcanzan totalmente. Para tu blanca piel, sobre
el río de sabia, palpitante, son nuestras manos, somos
nosotros, márgenes hambrientas y
oscuras. En este instante tan sólo
tú existes. Tú vives, presentas,
inquietas, das gozo. Tú eres forma, agua,
sangre, y palabra. Todos lo demás, todos:
universo sediento, sed de ti y silencio.
(13) Basta poner un poco de
atención en la lectura para advertir que el modelo de la comunión evocada es
religioso (“Tú cuerpo; tú vida; tú, alimento”... “Tú eres forma, agua, sangre, y
palabra”... etc.). Un doble filo verbal que nos revela la significación
sustitutiva que la mujer adquiere en el ámbito de lo sagrado: el impulso erótico
desplaza al religioso, y lo que fue comunión elogio de la divinidad, se
convierte en adoración de la mujer, una mujer que,
no obstante, y como corresponde a una veneración adolescente, tiene mucho más
que ver con el símbolo que con la carne. Tras una profesión de fe
en la poesía (“El peligro existe, el canto quedará”), el libro concluye
exaltando la vida, con una llamada al gozo y a la juventud que no deja de ser un
pequeño manifiesto, un conmovedor programa de intenciones vitales y
poéticas: Bebamos, amigos, que la muerte no existe,
que los trigos son ciertos
que la mujer espera, bebamos, acariciad la
vida, y aceptad el brazo del
fuego. Cantad, pájaros, que todo
se estremezca en la alegría.
(14) Lejos aún del desengaño de
la palabra, que surgirá precisamente del naufragio de todo este sueño juvenil,
Costafreda se enfrenta al futuro, a la salvación, desde la posibilidad
poética: Negamos que la muerte haya
triunfado mientras pueda llegar
nuestra palabra al corazón esperanzado de
algún hombre Deja escrito en ese mismo
poema final, coincidiendo con el conocido estribillo de Blas de Otero (“me queda
la palabra”). El futuro arrasaría estas esperanzas destruyendo en Costafreda la
última palabra, “alegría”, de su primer libro, tan rara en la poesía de la
época. Los pájaros futuros dejarían de cantar: En la sorda montaña los pájaros no cantan,
aúllan... (15) Un cambio de verbos que
sintetiza todo un hundimiento. /55 IIIEn 1951, en una separata
de la revista Laye, publica Costafreda su colección 8 poemas, incorporados
quince años después a Compañera de hoy. El librito supone un giro
importante en la trayectoria del poeta: “Des el título neutro -a
usanza inglesa- hasta la voluntad de expresarse en poemas breves y ceñidos, que
contrastan con la avenido torrencial y tumultuosa de Nuestra elegía, la poesía de Alfonso discurre por un cauce nuevo y distinto, en el que privan la contención y
la condensación”.
(16) Frente a lo que Costafreda
afirmaba en 1949 (“yo siempre escribo en plural...”), ahora domina la primera
persona del singular. El poeta monologa en soledad o se dirige a un
interlocutor, pero siempre, incluso en las contadas ocasiones en que su voz
se hace plural, en un tono moderado que contrasta con la, a veces estentórea,
declamación anterior. Por otra parte, frente a la tendencia al versículo que se
observaba en Nuestra elegía, Costafreda logra aquí
espléndidos aciertos ensayando, como en el poema “Bajo los puentes de París”,
una estructura de canción que combina formas métricas breves con una hábil
disposición de rimas asonantes. Ese tono de “canción moderna” se encuentra en
otros poemas, el primero, por ejemplo, que tiene algo de la atmósfera de la
canción por excelencia del grupo, “Les feuilles mortes”: Como una casa grande y
despoblada se me ha llenado el corazón de frío. La alegría y los sueños,
la esperanza, con las primeras hojas ya
se han ido. Acaso ha de volver la
primavera, no llegará su tiempo para el
mío. (17) Por otra parte, como
muestra el texto que acabo de citar, el vitalismo anterior cede el paso a un
pesimismo más acorde con la situación no sólo social sino personal, de crisis
quizá de ingreso en la madurez. El final del sueño se refleja en varios momentos
de la colección: Ya todas los
melancolías muy tercamente la
memoria sobre mi corazón las
abalanza. Nada tendré. De todo lo soñado sólo nos queda el ansia.
(18) ... sólo hay algo que es
cierto, cierto: los sueños han perdido la
batalla. (19) El protagonista de 8 poemas es alguien distinto, para quien ya “el dolor
pesa más que la alegría”, como también es muy distinto el poeta que le da vida,
porque el Alfonso Costafreda /56 más importante
surge a partir de esta colección, al mismo tiempo que empiezan a cerrarse para
él las puertas del reconocimiento. El lema de René Char que
encabeza Compañera de hoy (“Tu es pressé
d’ecrire / Comme si tu étais en retard sur la vie...”), sintetiza el tema de fondo
del libro: la insuficiencia de la palabra para vencer la insuficiencia de la
vida. La insuficiencia, en definitiva, del poeta Alfonso Costafreda, a cuyo
empeño de autenticidad poética se suma ahora la adversidad de las
circunstancias: “... por aquel entonces el silencio había llegado a
planear, con sus alas oscuras, sobre su obra en marcha y aquellos poemas al
silencio dedicados se iban integrando trabajosamente en el ámbito del nuevo
libro, que iba creciendo en Suiza durante sus inviernos de funcionario
internacional -dentro de cuyo ámbito estaba escalando, a su vez, las más altas
cotas de responsabilidad administrativa, lo que le restaba aún más esfuerzo que
dedicar a su obra- muchas veces turbados por el espectro de la angustia y de la
enfermedad, que ahora empieza a exigirle, en distintas ocasiones, el
internamiento en centros hospitalarios...” (20) A todos esos límites alude
el poema del mismo titulo, pieza clave para entender las relaciones de
Alfonso Costafreda con la poesía, y aquella dialéctica de insuficiencias a que
acabo de referirme: Pienso en mis límites,
límites que separan el poema que hago del que no puedo hacer,
el poema que escribo del que nunca podré
escribir. Límites también, en
consecuencia. de lo que amo y de lo que nunca podré
amar. o ver o tener. Palabras que daría para descubrir, palabras
para ayudar. Límites del amor,
palabras insuficientemente valiosos
en un desierto inacabable.
(21) El fracaso, la
imposibilidad de ser el poeta soñado revelan, más allá de lo que pudiera parecer
simple temática literaria, el problema existencial de Alfonso Costafreda,
alguien cuya vida depende de una poesía que se le niega. Alguien que, en
sarcástica paradoja con la precisión con que lo expresa, no puede “domar” a las
palabras. La insaciable sed amorosa -sin descartar en absoluto el sentido
religioso del término- del poeta, al carecer de voz (“límites del amor,
palabras”), le encierra en un circulo cuya posible salida, dejar de ser poeta,
es rechazada porque para Costafreda implica dejar de ser. /57 Sin embargo -al margen de
la posible pluralidad de sentidos: “la palabra humana, compañera de hoy, como el
amor, como la muerte” (22)- el
título del libro sugiere una esperanza, que hace aún más patética la decepción
posterior, confirmada por el poema de igual nombre, “Compañera de hoy”: Compañera de hoy, no
quiero otra verdad que la tuya,
vivir donde crezcan tus ojos,
dando tu luz, tu cauce
a lo que veo y
siento... Deshacer ese ovillo oscuro del temor, encontrar lo perdido, quebrar la voz del
sueño... Y lenta, lentamente aprender a vivir, de nuevo, de nuevo, como en una mañana cargada de riqueza.
(23) El amor supone la
posibilidad de regresar a la pureza perdida, el reencuentro con una zona poética
presidida no por la oscuridad, sino aún por la luz matinal de la vida. Sería el
fin de miedo (véase “Todo lo que tememos”) y la recuperación de “las pequeñas
palabras” de la difícil felicidad cotidiana: Decías tú palabras íntimas, silenciosas. Palabras que se dicen del amor al amor, de una boca a otra
boca. El poema secreto para todos se hacía, las pequeñas palabras memorables, dichosas. Las hazañas diarias, ilusiones del día, las más pequeñas
cosas: palabras compartidas, útiles, generosas.
(24) Pero el amor de la
“compañera de hoy” es también insuficiente para llenar un vacío cuyas raíces
últimas son, como apuntaba más arriba, de índole religiosa. El problema de la
orfandad, de la moderna “muerte de Dios”, constituye el verdadero nudo del
conflicto en un poeta que quiere confirmar el sentido final de su deseo
amoroso: /58 Te dieron vida y ahora
vives aún más allá de sus
deseos. Les fuiste una quimera
necesaria y te apoderas de tus
dueños. Y no diremos que no
existes aunque tenaces te
neguemos: si son en el desierto de
su vida sólo espejismos tus
soñados reinos, en nuestra mente estás,
estás, acaso más que nosotros eres
cierto. (25) Enfrentado a la nada, a la
ignorancia y al sinsentido, Costafreda carece, como hombre y como poeta, de
razón de ser y sólo puede expresar la tortura de un silencio enemigo de cuanto
el sueño inicial significaba: no puedo hablar con
alegría. ¿Qué he de decir? Ni tan
siquiera presentar puedo una página
limpia. No puedo hablar, sólo
tinieblas crecieran sobre la hierba
maldita. He de callar, pero yo
diera mi vida. (26) IV La poesía desemboca en el
absurdo y conduce a un doble rechazo que constituirá la columna vertebral del
libro póstumo, Suicidios y otras muertes: rechazo de
una vida mezquina y vencida, carente de aquella poesía soñada, y rechazo de la
vocación poética en tanto que, por la misma exigencia con que fue asumida y por
la ferocidad del vacío que la origina y que descubre, acaba convirtiendo toda
posibilidad feliz en tormento e insatisfacción. La paradoja, sólo aparente
tratándose de alguien que puso toda su fe en la poesía, se resuelve en la única
alternativa restante: la muerte, el título del libro es bien explicito,
como vencimiento de las ya insoportables “muertes” cotidianas, como último acto
capaz de iluminar la vida. Así parecía comprenderlo José Ángel Valente en unos
versos a Costafreda dedicados: Porque morir fue al
cabo el solo modo de vencer la
muerte y no era inútil la vocación, el fuego o el
destino nuestro. (27) En su trabajo sobre
Costafreda, narra Jaime Ferrán las dificultades físicas y espirituales del
autor de Suicidios y otras muertes, su adicción a
los tranquilizantes, sus depresiones... En la primera sección del libro, el
poeta se refiere a su salud quebrantada: De nuevo mi garganta lucha por respirar, el tranvía nocturno
/59 suena como un tambor, más de cuarenta inviernos
puedo contar aquí.
(28) No, no sé lo que quiero ni
lo que no quiero, y en qué cerca de mí
apoyarme podré, cuando es la memoria ahora como
un siervo ocioso... No siento, no conozco,
no recuerdo, y para quién me esforzaré en salir
del laberinto sórdido... (29) La ausencia de distancia
entre poemas y anécdota narrada, la inmediatez con que Costafreda asume el
protagonismo del poema, confieren al texto una urgencia, un carácter de recurso
bien reveladores de uno de los sentidos que todavía puede tener la escritura: la
poesía usada como consuelo, como único desahogo disponible. La relación
vida-poesía se intensifica, mas no en el alto sentido que deseó el poeta. De esa
degradación, del sometimiento a la propia miseria, surge un autorrechazo
sobre el que planea la sombra de la muerte: No he de salir de esta
ciudad. Aquí resonarán mis
pasos como el péndulo de un
reloj. Tejer y destejer las manos
y los brazos. Sigo un horario fijo. Oigo
mi propia voz. Maldigo este destino insignificante y atroz.
(30) Antes de pasar a la
sección central que da título al libro, Costafreda, en una breve serie de cuatro
poemas, insiste en el rechazo de su vida y de la obra que la narra, ahora ante
el posible futuro lector más querido, su hija: Vida tan malograda no
debiera contarse, a quién hablar, con qué
lenguaje. De haber verdades o
razones o respuestas para mí mismo las tuviera.
(31) Queda el amor, ¿qué queda del amor?, el amor a mi hija, distante, verdadera, de mi vivir acaso la razón primera a quien me resistiera a transmitir de oscuridad una cargada
herencia. (32) El tema de fondo, con el
poeta enfrentado a su desaparición -el tema de la herencia surge junto al de la
hija-, es el de la perversión de la inocencia, el contraste entre la pureza
infantil y el desastre de la propia madurez. En la corrupción de la pureza de la
hija aparece el reflejo de la padecida por el personaje, el probable origen de
su desdicha:
/60 El reino de mi hija se adentra hacia mis
sueños, el reino de mis sueños impera ya en mi hija, y las figuras que en su naturaleza, nacieron años ya cuando impuso la madre
en la mente infantil del terror y la sombra las raíces feroces.
(33) el enfrentamiento entre
vida invivible e inalcanzable ideal poético, la ineludible marca de la poesía,
encuentran su máxima expresión en la tercera parte del libro, “Suicidios y otras
muertes”. “El suicidio le fascinaba -dice Jaime Ferrán-. O, más exactamente, los
suicidas. Veía en ellos la materialización del máximo signo de libertad”. Y
añade que Costafreda solía repetir, ya en su juventud, las famosas palabras de
Mayakovsky, escritas dos días antes de morir: “El esquife del amor se ha roto
entre los escollos de la vida diaria”. Libertad y triunfo de la degradación
cotidiana, elementos a los que hay que añadir, como clave más certera, las
palabras de Artaud con que Costafreda encabeza esta sección de su obra: “Pero que pensaría usted
de un suicidio
anterior, un suicidio que nos hiciera
regresar, pero al otro lado de la existencia, y no del lado de la muerte. Sólo
ése tendría valor para mí. No le tengo apetito a la muerte, yo siento el apetito
del no ser, de nunca
haber caído en ese reducto de imbecilidades, de abdicaciones, de renuncias y de
obtusos encuentros..." (34) La liberación se centra ya
en una operación “poética” imposible, reducida a ese deseo de “no ser”, y los
poemas se ahogan en la crónica del fracaso o, como en esta sección, se redimen
en el homenaje a la dignidad de una muerte escogida. No es, en efecto, la muerte
lo apetecido, sino la libertad del “otro lado de la existencia”: la muerte surge
como hastío, como orgullo, como esperanza de que el último gesto, voluntario,
abra la puerta a un fugaz punto de luz. Es posible que en la
confección de esta parte del libro, y en la obsesión, por tanto, de Costafreda,
fuese un factor determinante la desaparición, en 1972, de Gabriel Ferrater.
Según Jaime Ferrán, la mitad de estos poemas-homenaje a poetas suicidas están a
Ferrater dedicados. De ellos, es particularmente esclarecedor el titulado “El
poeta desaparecido”. En él, Costafreda, identificado plenamente con el
amigo muerto, nos habla tanto de éste como de sí mismo, penetrando en la “sorda
maledicción” de un deseo imposible, la “inútil vocación” que convierten en
infierno lo que podría ser felicidad. El ansia de bondad, el asco y la solución
final de Ferrater son asumidas por Costafreda como modelo ejemplar y, por el
tono de sus palabras, esa solución aparece, dramáticamente, como un
proyecto:
/61 Tanta lucidez, tanta
pureza, a nadie conociera; su oficio sin embargo
fuera sorda maledicción. del hombre, de los dioses
o de nadie, el cuerpo exigente clamaba
y reclamaba. Consciente y solitario dejaste al fin este
absurdo destino. (35) Otros temas como el de la
decadencia física o el de las correspondencias biográficas, podrían tratarse en
relación con esta parte de Suicidios y otras
muertes, pero prefiero silenciarlos. Sólo quiero añadir que el tema de la
autoeliminación es frecuente entre los poetas amigos de Costafreda (véanse Poemas póstumos o Penúltimos
castigos, por ejemplo), aunque el caso de éste, desdichadamente, dio pie a
sospechas que van más allá de lo meramente literario. La cuestión amorosa es
fundamental en el libro. En lo colectivo, el poeta contempla la imposibilidad de
la fraternidad humana, su creciente sustitución por el terror. Un último eco de
cristianismo aparece en la imagen que formula el fracaso de la redención y la
ausencia de misericordia: dispensadora de la
gracia pende grotescamente de la madera
solitaria, símbolo de un cuerpo
mutilado. (36) La dimensión social de la
poesía de Costafreda se centra ya en la constatación del odio, el miedo y la
soledad reemplazando al soñado paraíso amoroso. Es el “terror preventivo” que,
como aquel otro inculcado en la mente infantil, la autoridad, cualquier
autoridad, opone a todo posible más allá humano: ... el terror preventivo
reinventaron principio y cruz de toda
sumisión (37) También el amor a la mujer
topa con la soledad, con la imposible fusión, con la frontera de la
angustia personal. La mujer, “Julia Wright es su nombre”, abre de nuevo la
esperanza, “pero persiste el alma impenetrable”: con la obsesión a
veces, otras con la desgana, de quien mal colmado de amor ya no
se nutre de nada ni de nadie y a sí
mismo se entierra, objeto y fin de su propia
pasión. (38) La felicidad amorosa no es
un fin, sino un medio para acceder a otra realidad más amplia: /62 Pero no sólo vivo para ver, para verte, nuestro descubrimiento
no ha de tener sentido
si no podemos ya dueños de lo seguro buscar otra respuesta,
descifrar otro grito.
(39) “Otro grito” que, en
definitiva, no es más que silencio. De nuevo la maldición, el imperativo
poético creando insuficiencia. Una fuerza innombrable, destructiva, impide
aquella comunión que en un tiempo ya lejano simbolizó el encuentro decisivo. El
deseo que en Nuestra elegía se centrara en el ideal
femenino (“Tan solo tú existes”), se ha convertido, rebasando esa figura, en un
monstruo que arrastra irremisiblemente hacia lo desconocido. Un impulso que no
tiene ya, no puede tenerlo, otro límite que el corazón y la conciencia del
poeta: Si de muerte pudiera
herir esa forma rapaz, turbia
serpiente, forma de destrucción con qué enorme felicidad
serían mis ojos tus ojos, mi mundo tus pupilas.
(40) Esta última patética llamada al amor, el anhelo de un mundo con la forma de la pupila amada, es también la más cruel expresión de la inevitable soledad que, por vocación poética, por asunción, en suma de un destino en el que se condensa la maldición de la modernidad, devoró al poeta Alfonso Costafreda. “Exageradamente maldito”, como ha dicho Carlos Barral, ciertamente, pero con una autenticidad rara en estos “tiempos de miseria”.
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