SCRIPTURA
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«Así se fundó Leopoldo
María Panero»
Jordi
Jové
Era invierno, y algunos personajes
del mundo recorrían la ciudad. Pergolessi, los traficantes y la Bella
Durmiente cuentan que aquí se apoderó por un tiempo de nosotros un “deseo de ser
piel roja”. De todo aquello sólo quedan “los niños Extraviados” que, en el “País
del Nunca Jamás”, permitieron entonar himnos a los sueños “mejor que la
realidad”. Gentes que no se conocían oyeron el rumor de un libro, ¡al fin había
un libro! Un tipo Flash Gordon y un tipo Roger Waters se pusieron en contacto;
una chica de Gran Vía y Antonello de Messina se hicieron muy amigos; la reina de
los Gatos y Bonnie y Clyde viajaron juntos. Y entonces hubo avisos y llamadas,
contraseñas. Cara Cortada había llegado al pueblo sin bufanda roja y sin
argumentos. Todos lo sabían: era un joven poeta y su libro respondía al extraño
nombre de Carnaby Street. La secta de
los “panerianos” creció en silencio, sin dar tiempo a que los corazones
solitarios se enfriasen en los cruces de los caminos. Cada lector, con un brillo
especial en los ojos, hablaba de una relación misteriosa con Carnaby. Demasiada
confusión para entender que cada lector se había convertido en amante. La
leyenda de alguien desconcertante, español para más señas, que había
asistido al “Estreno en Londres de Mary Poppins” y que, probablemente, conocía a
Syd Barrett de Pink Floyd circuló próxima al paroxismo. Ciertos días a ciertas
horas se acercaba un muchacho al kiosco y susurraba unas palabras como una
oración. Los libreros no entendían nada. Deseaba ardientemente, incluso sin
haber hojeado siquiera las páginas de “Tarzán traicionado” y de “Otros poemas”,
un libro llamado Así se fundó Carnaby Street. Corría el mes de marzo de
1.970.
/68 Después, ya
se sabe, “ese chico pelirrojo” dejó de ausentarse y publicó Teoría (1.973). A su
amparo nació una banda de individuos que se siente cómplice al pronunciar
su nombre. Leopoldo María Panero invitó al fanatismo y supo inscribirse muy
pronto en un plano mítico y legendario. Paulatinamente ha cursado invitaciones
al lector para tocar sus llagas (desde Por el camino de Swan hasta
Narciso), en un acto gratuito, furiosamente alocado, que entraña a
nivel de lectura su mayor atractivo. El espectro
de L.M.P. abrió modos de encararse con la aventura de ser escritor. Esta
condena, de tal aventura, se ha visto compensada con el paso del tiempo, sobre
todo, por siete libros de poemas y dos de relatos (1). Como ídolo puede sentir
ahora el vértigo de quienes se acercan a su obra con el temor de sentir una
nueva provocación, palpitante a la vez que desconocida. Algunos lectores, en el
fondo del espejo, al leer su poesía ven reflejada su propia imagen. Tal
indicio, en conjunto, resulta siempre peligroso pero de salud inmejorable para
la poesía. En la contraportada de Teoría se
advertía: “Nada mejor que, en esa exhibición, no ser visto. Nada
mejor que no ser oído. Que esa persona que de sí misma reniega, que este texto
que para celebrar su muerte establezco, que todo esto te ahorque por fin a un
lugar que no existe.”(2) Desde aquel
entonces L.M.P. ha muerto sucesivas muertes y parece escribir desde el regreso o
vuelta del trasmundo. Su escritura marcada por esas vueltas (inexplicables para
el lector corriente que no siente ansia de infinito ni trauma de infancia) traza
líneas de la frivolidad adolescente que adolece de la tentación, tortuosa y
fascinante, de mezclar la tinta con la sangre. Esta última “intrascendencia”
repercute en su memoria más lejana, la de sus primeros versos según
cuenta: “Yo temblaba /no era un sueño
/ y fueron muriendo todos los
soldados / de la guardia del rey / y mi corazón seguía
temblando” (3) El juego
con la muerte sólo parece un juego que se trae entre manos. Y esa muerte, que se
yergue como una entidad sensible, se presenta atractiva y revitalizadora para
los otros, pero no para sí mismo. Con naturalidad, y no como anomalía demencial.
No podemos imaginar hasta qué punto la angustia y el placer, la jarana de las
varias muertes, condujo al poeta a renacer y revivir igual que el Fénix, pájaro
mitológico que cuando siente que va a morir fabrica un nido con plantas
aromáticas y lo incendia tras acostarse en él. No podemos ni falta que hace.
Sólo se nos permite, leyendo un libro como Narciso en el
acorde último de las flautas (1.979), adivinar las constantes de autodestrucción y de dolor que
le ayudan a enaltecerse, en busca de un alejamiento y fuga continua. En
realidad un cruel sarcasmo de sí mismo que se nos hace imposible de
olvidar. La única palabra válida en este caso es pureza (lástima del
desprestigio de los hombres y mujeres virtuosos). Una implacable “pureza” que
el poeta va suplantando, invirtiendo, deformando, a través de su escritura,
significando finalmente efectivos frente a la realidad hostil, frente a todo
aquello que precisamente “huela puro”. Esta virtud que no tiene nombre es,
/69 en todo caso, “aquello que callan los nombres”. Creación y
recreación de algo innombrable que se presta en su poesía a proporcionar
curación de obsesiones íntimas, ¡oh, es decir, de aquellas que son
representables. Pero como todo antídoto contra la enfermedad es reversible,
y en ocasiones se convierte en veneno y filtro mortal. Si el poeta bebe el cáliz
de la muerte, como en Tristán e Iseo, el del amor se prueba
inevitable. En ese
momento nace un temor de niño, terror ante el acto de escribir, como quien
siente la premonición de falsedad, la sinrazón y el sinsentido sobre ese lugar,
esos días, esos seres. Una revulsiva toma de contacto con las palabras, con el
lenguaje que lo aboca al “silencio de las esferas”, una actitud de absoluto y
total desprecio ante la identidad que, por supuesto, destila silencio. Escribir
no sirve para nada, el artífice de versos es un embaucador, sus mundos una
mentira y también por analogía excrementos. El poeta no tiene boca ni ojos ni
cabeza. Acuciante suma que sumerge a L.M. Panero en ácido crítico y lo arroja a
un nihilismo del que agradecemos su incoherencia interna. Nada puede
valernos su poesía para confundir sensibilidades. La sensación que produce
Narciso de no estar seguros de “entenderlo” sí es de sentir su aliento. Y
desde luego muy jóvenes descubrimos que Carnaby Street no podía leerse sin
haber penetrado en el halo mágico-sentimental de una canción de los Rolling.
Vulgaridad honorífica que nos advierte que se trata de consumir entonces el
“album de canciones”, que a la postre resultó ser Así se fundó Carnaby Street, de la misma forma con que se bailaba la “yenka”: “izquierda,
derecha, delante, detrás, un, dos, tres” (4). Mucho más
tarde, se fue elevando, a partir de Narciso, un tono moral en la voz del otro
que es quien nos habla. Constatamos las sentencias, que a lo largo del libro se
sucedían con acento casi bíblico. Y la metafísica inundó, impulsándola, la
trayectoria poética de L. M. Panero, pasando por libros como El que
no ve
o Last River togheter (1980;
espiritualidad que lo emparentaba inesperadamente con la poesía de su padre
Leopoldo Panero. “Al eregirse en rey, el espíritu domina y anula
la vida de los sentidos que llegarán a considerarse como el principal obstáculo
para ascender los primeros peldaños del conocimiento poético.” (5) En Narciso
una cierta ascesis recorre también los poemas advirtiéndonos de una mutilación
del cuerpo en aras del espíritu. La oscuridad, signo de lo metafísico (¡por
Dios!), asiste una buena parte de sus versos. Se crea un desierto interior en el
que nada puede dejar paso al reino de la materia verbal. El poeta fabrica con su
lenguaje una plegaria y reza. Y la poesía se convierte en “una perpetua
negación”, de la que habla M. Molho a propósito de John Donne, o, en todo caso,
en un ejercicio del espíritu con el que enriquecer nuestra experiencia del
vivir. La tempestad deseada alcanza alturas inalcanzables mediante la
palabra poética a base de desencarnar la palabra y amputarla de las
resonancias múltiples e imprevisibles que frecuentan los oídos del viciado
receptor, y que lo provocan. Este lenguaje paneriano, desquiciado a mordiscos,
dibuja una línea de seca desnudez que se relaciona con la alquimia del verbo
practicada por Stephane Mallarmé. /70 Sin embargo, en Panero, aparece
macerado con el vaho infecto de las vísceras. El mismo insistió, en una
entrevista, en este sentido exasperado: “trato de lograr la separación
absoluta de un mundo dentro de mi poesía, creando un mundo que es not world según Eliot”
(6). Un poema como “Descort”, dentro de la tradición
trovadoresca (7), logra este “no mundo” o no decir. En la
creación de Narciso aparecen dos cuestiones características de su modo de
hacer poético: el yo como disfraz y el escudo del desdén. El primero es una
manera, el segundo un estado. Ambos se interrelacionan sobre todo si se
explican a partir de la primera poética que manifestó L.M. Panero en los
Nueve Novísimos (1.970) hablando de paranoia y citando al “rara avis”
Thomas de Quincey. El poema destruye el mundo y lo convierte en un duende (8),
al estilo de Campanilla en la historia de Peter Pan de J. Matthew Barrie.
La palabra apaga como un sollozo el “crepúsculo activo” de nuestras vidas de
hombres y afantasma los seres vivos como en un asesinato. El poeta escribe el
prefacio de Narciso preguntándose al final “¿quién soy yo?” y firmando
por el otro Sören Kierkegaard que es Johannes de Silentio. Se instaura
así el mito del miedo. Las Siete Moradas teresianas se ubican en la Gran Ciudad.
Los restos morales del alma en pena vagan mortalmente por los bulevares
halitosos. Quien usurpa el hálito del mundo vital, en el eterno vagabundear
que es la juventud, es ese desconocerse del que hablaba Berkeley (“ser es ser
percibido”) y Samuel Beckett. De continuo allí en las ciudades, de esquina a
esquina, en los metros y las estaciones, nadie nos mira. Esto nos arrastra
a un lugar donde no cabe el optimismo de las vanguardias; ya no tiene sentido
perseguir la propia creación como un placer si no nos empeñamos. Mi rostro es el
otro, y todos los otros rostros que a su vez son otros. Borrarse con lentitud
cada una de las máscaras y llegar a desconocerse por completo para no saber
quién era antes, para asombrarme de nuevo ante la nueva imagen que no dura más
que un instante. El espejo de la Gran Ciudad (“arquitectura extrahumana y ritmo
furioso” según Lorca) brinda estar de pronto huérfano forever. El poema
“Paris” comienza así: “Hijo de puta llegó al hormiguero / donde el sol pierde su
vigor” (9). Y describe y se ordena contra el absurdo y lo irracional. La musa
del poema, musa de inspiración, es una pulga que se pasea por la ciudad de las
“pulgas” y puta que vende su mercancía (10). Cada hombre guarda en su corazón a
un cerdo, este animal “dañino” que se oculta en nosotros es el causante del
miedo, un miedo a la soledad de la Bestia, a sentirnos solos con ella, a solas.
También las drogas que trafica el camello van asociadas a la soledad (11). La
respuesta lógica que en el poema leemos (a la pregunta “esa ¿qué vende?”) es
nada. Uno enmudece se queda sordo y quieto por la canción del vacío, inaudible
como tal, perdiéndose en las espirales del humo (imagen transparente de subida
hacia, como vía mística). “Paris” sigue un ritmo musical que se contrasta con
una sobreexcitación atmosférica (nubes, viento, lluvia). El discurso se
personaliza entonces y discurre en términos prosaicos -traducción de
sensaciones provocadas por los paraísos de cemento: “espectro diminuto”
“caca que nadie va a mirar”. /71 De ahí nace
el Narciso; nadie se fija en ti o si lo hacen entonces ese alguien es nadie. De
principio se posee una riqueza de identidades que evoluciona mediocre como un
apellido (el idiota pero de buena familia) y acaba blind worm (“soy un gusano ciego” dice el poema).
Si algún tipo de sentencia esotérica resulta explicativa del fenómeno al que
alude el poema “Paris” ésta no podría ser otra que la que hallamos en “oscuro es
en efecto el nombre que todo ha de romper” (12), a no ser que califique una
cualidad apocalíptica. Lo que si parece predecir, en tono premonitorio, es la
propia suerte: un desbarrar y arraigarse en la libertad demoledora. Tentar la
propia suerte por descreer en “flores muertas hostigando sobre ti” (13)
siempre.
Al igual que la venida del espíritu, al que proféticamente se invoca, para
acabar de una vez con la tiranía de una vida establecida de antemano y con
Prometeo encadenado. Pero, en realidad, la venida del espíritu es “un
pensamiento a borrar de mi destino” como diría Malcolm Lowry. (14) El significado más
profundo de este miedo a la Ciudad y del miedo a uno mismo no es sólo un
sentimiento de inquietud ante el yo y la propia actuación del inconsciente sino
también reflejo del peligro inmediato y real ante la amenaza exterior y la
brutalidad del consciente. Así la mecánica amenazante o el pecado del miedo (“I
have a sin of fear” según John Donne) se cierne sobre la propia vida golpeada
por extraños acontecimientos mundanos que conducen a correr el riesgo de
morir a cualquier hora en cualquier parte. Se trata de un miedo a la propia racionalidad: “ce
n’est pas le sommeil de la raison qui engendre les monstres, mais plutôt la
rationalité vigilante et insomniaque”(15). Este mito
del miedo se enlaza directamente con una vena de suicidio sin rasgos de negra
fatalidad. No existe ninguna maldición en los suicidios de L. M. Panero, puesto
que, a la manera romántica, somos dueños de la propia muerte: “la vie depend de
la solonté d’autruy, la mort de la nostre”, según Montaigne. Esta vez,
estableciendo “el parentesco con la historia de Prometeo, el pico causante de
tanto daño no es el del buitre, y es amarillo, a la vez que el canto del cisne
no es el último. Un “status”, la Ciudad, suministra viajar a cada instante por
un País de maravillosas Malignidades Infectas. Es el ritmo de desgaste una y
otra vez restado y sumado en los clanes suburbanos. L. M.
Panero, en el prefacio de Narciso, escribe: “una muerte de loco, para
nada y para nadie”. Incluye una recreación (no traducción) del poema de W.
B.
Yeats “A prayer for old age”; en ella introduce 11 versos más y resuelve un
tema, el tema del loco. El poema de Yeats es un epitafio, el de Panero una
premonición. En esta corrección del poema de Yeats, Panero establece una
fundamental diferencia: no estoy loco, soy un loco. En realidad está
persiguiendo el sitio justo de su personaje, persecución de su verdad o
falsedad. Su plegaria, que persevera en moldes clásicos, es como una borrachera.
El loco puede morir acariciado por el olvido. Pero enfrenta, con dualismo
atávico, a dos tipos de ser: el creyente y el constante. Para ninguno de ellos
hay salvación. Quien cree en sus pensamientos se aísla tanto que llega a olvidar
todo lo que pensó. Quien persevera en cantar entera la canción perdura en sus
sentimientos y sólo se oye a sí mismo como un /72
loco. Al creyente
lo poseen las ideas volátiles, al constante los sentimientos pasajeros. La
sensibilidad frágil y perentoria del poeta le conduce a la autoprotección.
Leopoldo Maria Panero se cuida de Leopoldo Maria Panero. El poeta
busca llegar con su entereza de loco al final del verso y de la página, del
poema y del libro, junto a la muerte sin nombre, lejos del vacío de quienes
cuentan los días y confían en los nombres. Los nombres que no son más que una
adulación del hombre. La locura le salva y acribilla. Es un terrible mal
pero, al mismo tiempo, la mayor libertad que puede poseerle. La locura se
equipara al acto poético. Escribir es enloquecer. Toda escritura está condenada
al silencio. El poema, como quería Mallarmé, “no dice nada, dice en tanto
se dice a sí mismo”. Este drama, asumido paso a paso en Narciso,
muestra a un poeta preocupado, lejos del juego insustancial de Carnaby, que le hace llegar hasta
el callejón sin salida de la escritura y volver sobre él. Esta persistencia en
los obstáculos, en su forma de decir nada, le permite comunicar la ruina
individual de su propia existencia con un vigor explayante del “agere pro,
prius quam agere contra”. L. M. Panero
volvió en sí, desde su fundación, con la crónica de sus neurosis más reales. Su
demencia real o su realidad demencial le corroe y sirve de fetiche para
conceptualizar el culto debido a su propio destino. Destino que insistió en
perfilar y dirigir y que le ofreció la oportunidad de asumir la locura como una
marginación temporal que no tiene visos de ser eterna. Eternidad sería la
palabra desterrada de su poesía, por su inexistente empleo. En el poema
“Flor muerta para un gusano” (Dead flower to a worm), como
ejemplo, notemos el diálogo que establece con sus propios gusanos, aquellos que,
precisamente ya en vida, le roen sus huesos. El homosexual o el enfermo se
dirigen a uno de ellos, hablan con un gusano ciego para preguntarle y
preguntarse sobre su inminente destino, sin que podamos decir que haya nada
de tremendista en el poema... Incluso, debido a su ambivalencia, podemos leerlo
sobre gotas de humor, aunque la seriedad del texto no impida una lectura única.
La nota trágica se convierte con facilidad en la nota más cómica, pero este
caso no ofrece posibilidades de conversión fácil. La locura de saberse
muerto es una forma de elevarse por encima del mundo ruin, una manera de
constatar que no hay mayor locura que la realidad de la muerte. No nos
brinda, por tanto, un nuevo sentido sino la tensión más ancestral del hombre con
su verdadera muerte. Las conexiones lógicas con esta realidad no se entronizan
después sino antes, nacen espontáneamente desde la cuna. Y también esta “locura”
absoluta se vuelve un ingrediente sádico sobre la propia persona, se configura
como una alucinación vampiresca, como en el caso del poema “Los pasos en el
callejón sin salida”: “contoneándome y hablando solo, sin
ver que llevo una mujer sobre mi espalda
con las uñas clavadas en mis
hombros y mordiéndome el cuello, ebria de mi sangre” (16) Que la
muerte en vida sólo puede ofrecer luz de tumba. La infancia ha muerto. En el
poema “Payane pour un enfant defunt”, la danza española (“Payane”) resucita a
ese niño /73 que es el poeta. Mas, claro, los tiempos ya no son los
de Carnaby; los muertos son como los niños dice el poeta: “a nadie le
importan” (17). Ante esa alternativa imagina la exaltación de la vida en la
muerte, porque la realidad de abrir los ojos hoy es topar con el país de los
ciegos. Entre permanecer con los ojos abiertos y “no ver”, él, aquel recién
llegado, elige o acaba por cerrar los ojos y morir. Esta
elección, de claroscuro barroco, de un momento en el que el mundo de la
infancia, por contraste, provoca imágenes en color de gloria, apasiona, de
tal manera, que la exaltación de la muerte es el único recurso inevitable para
restituir al hombre contemporáneo en su justo centro: “Se diría que has
muerto y eres alguien por fin” (18) También
supone un compadecerse durísimo e inaugurar el desesperado pesimismo que
desencadena la añoranza auténtica por una ficción
cinematográfica: “y los dioses que matan a los hombres feroces”
(19) No hay
adultos en su mundo poético. Sólo niños, y muertos. El único verdadero
hombre que resta los residuos de una edad adulta es el homicida, el
portador de la muerte. Su muerte conserva la belleza de la infancia por cuanto
ella es también rebeldía: “ese furor contra lo útil de tu cuerpo” (20). Todos
llevamos dentro un niño muerto que espera cumplir su cumpleaños auténtico al
morir. No puede haber una formulación más extrema y de mayor negrura. Padre e
hijo se unen en la muerte. Los muertos son, para el poeta, un organismo vivo:
“se aman”, “florecen”. El deseo de la muerte es la voluntad de desaparecer
definitivamente con un beso, el de la siempre joven Dama falaz, y quedar a salvo
de los hombres. En el mito, Narciso, se interpreta como imagen de la muerte,
representa el trágico final motivado por el insistente admirarse de sí mismo. A
la vez, la propia muerte, en palabras del poeta, es “impublicable, escondida y
obscena”, como resultado del libro que refleja su mirar. Se sabe a sí mismo “tan
joven y tan destruido” porque, como en el poema de Oscar Wilde (21), es el
estanque, las aguas espejeantes quienes se contemplan en los ojos de Narciso. El
héroe debe morir joven, por pública necesidad de sacrificio y asesinato ritual.
El mundo es un inmenso Narciso en el acto de pensarse a sí mismo, y es esa
actitud autocontemplativa, introvertida y absoluta la que simbolizan los
Narcisos (22). La
experiencia del amor es, en L. M. Panero, experiencia de la muerte. Denuncia
amargamente el sarcasmo que se cierne sobre los cuerpos abrazados, y el frío
helado en su más alto acontecimiento: morir. El alma, junto con la palabra,
sirve de alimento para perros. Pero en esta relación, nada macabra ni sórdida,
su amistad con la muerte es cordial lúcida, más bien desconsolada y visionaria.
La escritura Panero es psicodélica en sentido literal: desvelar (“delos”) la
mente (“psique”). En el acorde último de las flautas (subtítulo elegíaco
de Narciso) suena esta frase de /74 John Donne: “Nadie va
dormido cuando camina hacia el patíbulo”. Nos queda añadir que, probablemente,
Leopoldo María Panero anda dormido de regreso de él. El escritor ha fundado su
propia historia personal, con ese acto “ilícito, improbable y trémulo” que es
escribir, sin pretender contarla por entero, marginando las anécdotas, hablando
de la muerte como una experiencia cotidiana del mundo de los sentidos y que
atañe a su propia vida, no como imaginería literaria o buscando conmover. Esta
afinidad mortal proviene de su “accidente”, una muerte entre otras, y permanece
oculto. Tratan sus versos de borrar su vida y desaparecer. No proviene de las
muertes de moda (vodka, pastillas, pesadillas de music-bar) ni de la tradición
literaria, aunque su poesía beba en ella (y se escude en los provenzales y Ezra
Pound): es un conocimiento que, por fortuna, sólo el mejor entendedor que es el
pueblo (emplea esta palabra), la gente más común y menos culta, llega a
comprender. No en vano lo que ya supimos aquel invierno ha dejado de ser extraño: aquel nuevo chico, de aspecto exótico y maneras detonantes, formarla parte de nuestras vidas. Y a ciertas horas con ciertos sueños, “el que no ve” nos acercaría nuestros apurados sentimientos. El siguiente personaje que salió a escena fue ya maléfico, pero esto es otra historia insuficientemente demostrada.
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