SCRIPTURA
Biblioteca de números publicados Biblioteca de números agotados Normas para la presentación de originales
|
El humor y el absurdo en un capítulo de
“Rayuela”
Pilar
Hurtado Peralta
El absurdo
visto desde nuestra postura de hombres “razonantes”, condicionados por la
sociedad concreta en que vivimos, vendrá dado por todo aquello que de alguna
manera lo aparte de esos medios de la lógica al uso, bien sea en el plano
de las ideas -la locura será un caso extremo de este absurdo: “una idea que se
fija”-; en el de las acciones: todo aquello que podría titularse como “lo
excéntrico”; o en cualquier otro plano, siempre que rebase las imprecisas líneas
divisorias que, en teoría, separarían un estado “normal” de otro
“patológico”. Desde este
planteamiento, Rayuela, como novela, rompe los moldes habituales
establecidos para el género, y por tanto podríamos catalogarla dentro de
“lo absurdo”. Pero es éste un “absurdo humorístico” que podemos permitirnos
porque “no desacomoda” en exceso y porque, en definitiva, acepta una
justificación pronta: “no pasa de una novela”, de una obra de ficción, y esto ya
le da su propia limitación, su propia jaula. Y ya dentro
de la novela concreta, la escala de valores se modifica y lo absurdo pasa a ser
que “no parezca absurdo” tantas cosas que entran dentro de la perfecta etiqueta
de la cotidianeidad: “el absurdo es que salgas por la mañana a la puerta y
encuentres la botella de leche en el umbral (...) Es ese estancamiento, ese así
sea, esa sospechosa carencia de excepciones. Yo no sé ché, había que
intentar otro camino” (p. 197). Rompiendo este absurdo, “esa costra mental”,
podríamos llegar, tal vez, a entrever otro mundo en /78 donde las
excepciones tendrían cabida; y a través de esa panavisión una esperanza de
aprehensión de lo absoluto se haría más cercana. Desde esta
perspectiva modificada es desde donde cobran sentido tantos capítulos “fuera de
serie” de Rayuela: el concierto de Berthe Trépat, la muerte de
Rocamadour... y como máximo exponente la escena del tablón entre ventana y
ventana que es la que ahora nos ocupara. En este absurdo, en ese vacío: “dos
delgadas paredes y una rebanada de aire”, se deciden destinos, se intenta la
comunicación entre Traveler y Horacio, lo que no se logra en esos “mateados en
el patio de Don Crespo” a nivel de la calle y en la cotidianeidad de la
vida. En la
escena del tablón se quiebran todos los lazos de la lógica, y además Cortázar
tiene la habilidad, una vez pasado el sobresalto del paso de una dimensión a
otra, de darnos el absurdo con el tono habitual de lo cotidiano, de tal manera
que llegamos a identificarnos de tal forma con lo excepcional, que cuando
la “domesticidad” vuelve con Gekrepten, con su dentista y “sus trapos”, nos
parece mucho más irreal y absurda que la que acontece allá arriba, entre dos
ventanas. Pero en
éste un capítulo que merece un acercamiento “in situ”, que vamos a
realizar. A nivel
simbólico, en el capítulo 41, se explican muchas cosas. Es el segundo capítulo
de la novela que escribió Julio Cortázar. El primero, que después eliminó y que
publicado en separata por la R. Iberoamericana(1), narraba una escena de
venganza de Traveler (Talita era el blanco), estilo Duchamp-Oliveira, con
piolines y humillaciones. Suprimido este primer capítulo, quedó el del tablón
iniciando el texto, y siempre teniendo en cuenta de que hablamos de la
concepción de la novela y no del texto definitivo. Desde esta
visión, hay un planteamiento, muy sugerente, que nos gustaría hacer: Travaler y
Oliveira a ambos lados del tablón-puente. El puente hay que entenderlo como paso
de una dimensión a otra, como pasaje más allá de lo puramente físico. Talita, a
horcajadas sobre el tablón entre los dos hombres que la llaman cada uno de su
lado, decide el destino de ambos. Su respuesta final de volver con Traveler
supone la adhesión a la costumbre, a la vida porteña, y condiciona a Traveler a
aceptar esa vida. El rechazo de Horacio, a su vez, llevaría “al perdedor” a la
ruptura, al desengaño, y a la búsqueda de otro puente-pasaje que, en este caso,
se buscaría en París, donde los puentes juegan, también, un destacado lugar. En
el mismo capítulo hay una imagen altamente significativa: “Pero Talita se
había enderezado lentamente, y apoyándose en las dos manos trasladó su trasero
veinte centímetros más atrás (...) Oliveira, siempre con la mano tendida,
parecía el pasajero de un barco que empieza a alejarse
lentamente del muelle” (p. 305) (2). Esta ha
sido una posibilidad, una imaginación, porque Rayuela, la novela real,
empieza teniendo como marco París. Pero también podría ser la imaginada aquella
otra posibilidad de lectura que nos ofrece el escritor. Y
situándonos ya en el plano del absurdo, que es desde donde partimos al encabezar
/79 este capítulo, empezaremos el análisis. Está
Oliveira, “atareado a su manera”, enderezando clavos en una tarde calurosísima,
en la que cualquier actividad podía resultar mortal: el calor, la hora, la
habitación en donde daba el sol desde las dos..., pero como Horacio
necesitaba unos clavos “empecinadamente” y sin demora -el para qué los necesitas
es un problema adyacente que se lo planteará en su momento-, continúa en la
tarea. Pese a su tenacidad, no está especialmente inspirado para tan delicado
trabajo y además “cualquiera sabe lo peligroso que es enderezar un clavo a
martillazos, hay un momento en que el clavo está casi derecho, pero cuando
se lo martilla una vez más da media vuelta...”, y así ocurre con todos los
clavos sin excepción y el narrador nos lo hace notar, repitiendo la misma frase
que cada vez se acorta más, y que coincide con la paulatina pérdida de la
paciencia por parte del protagonista: “y pellizca violentamente los dedos que lo
sujetan; es algo de una perversidad fulminante, martillándolos
empecinadamente en una baldosa (pero cualquiera sabe que) empecinadamente en una
baldosa (pero cualquiera) empecinadamente” (p. 273). Razón por la cual “Oliveira
tenía ya amoratados los dedos con que sujetaba los clavos, la sangre machucada
empezaba a extravasarse, dando a los dedos un aire de chipolatas mal hechas que
era realmente repugnante”. El humor de la última frase viene delimitado por la
valoración improcedente de dar mayor importancia al aspecto de los dedos, que es
una cuestión secundaria, y no al dolor físico que los golpes le producen; además
una comparación tan gráfica, “chipolatas mal hechas”, que realmente deben
de ser repugnantes, abarca a los dedos, y más que a la repugnancia tenía que
llevar a la conmiseración. Ha habido, pues, un distanciamiento del sujeto de su
propio yo, los dedos, y esa objetividad, esa frialdad de ser ajeno, ha permitido
la comparación y la observación consiguiente. Ante estos
percances, Oliveira decide despertar a Traveler que presumiblemente dormía a
unos metros de él, pero en dirección al vacío. Detalle importante si pensamos
que todo “el lío” del tablón se hubiera evitado, si, por ejemplo, lo hubiera
hecho “en frente” pero hacia el rellano. Además de
los clavos, otra necesidad acuciante atormentaba al protagonista, le
faltaba el mate, imprescindible para cualquier porteño que se precie. Sale
Traveler a la ventana molesto y de “mal humor”, por lo que suponemos su
“levantamiento forzoso”. Los silbidos de Oliveira, causa de admiración de
propios y extraños, habían conseguido el propósito de levantar al
amigo: “Por fin salís, qué joder -dijo Oliveira-. Te
estuve silbando media hora. Mirá la mano como la tengo
machucada. - No será de vender cortes de gabardina -dijo
Traveler”. (p. 276) Traveler
enfadado se venga de Oliveira, reprochándole su vagancia, pero Horacio, oídos
sordos y: “De enderechar clavos,
ché...” La
conversación se sostiene en parecidos términos durante un rato. Una descripción
nos /80 recuerda, de nuevo, el calor de la tarde de
verano: “Traveler se acodó en la ventana y miró a la
calle. La poca sombra se aplastaba contra el adoquinado, y a la altura del
primer piso empezaba la materia solar, un arrebato que manoteaba para todos
lados y le aplastaba la cara a Oliveira. - Vos de tarde estás bastante jodido con ese
sol -dijo Traveler”. (p. 277) Oliveira
que creía en el poder de la sugestión llevaba la tarde luchando con “el frío y
la congelación”. Los lectores ya estábamos enterados del problema puesto que
llevábamos un rato con el protagonista mientras Traveler dormía, ajeno a la
acción. Así cuando éste dice a Horacio, después de la descripción que ha servido
para resaltar “la temperatura ambiente”: “- Vos de tarde estás bastante
jodido... -No es el Sol -dilo Oliveira-. Te podrías dar
cuenta de que es la luna y de que hace un frío espantoso. Esta mano se me ha
amoratado por exceso de congelación. Ahora empezará la gangreno, t dentro de
unas semanas me estarás llevando gladiolos a la quinta del
ñato. -¿La luna? dijo Traveler mirando hacia arriba-.
Lo que te voy a tener que llevar es toallas mojadas a
Vieytes. -Allí lo que más se agradece son los Particulares livianos
-dijo Oliveira. Vos abundás en incongruencias, Maná “, (p. 277) no podemos
por menos de soltar la carcajada. Nos reímos en primer lugar por la
superioridad que sentimos frente a Traveler que, ajeno a lo sucedido, cae
en “ingenuidades” que no debiera. Además, definido el humor como lo hace
Bergson: “describir minuciosa y meticulosamente lo que es fingiendo creer que es
eso lo que las cosas deberían ser” (3), Oliveira, con esa seguridad que plantea
el problema calor-frío/sugestión-realidad, se está portando como un verdadero
humorista. La risa o la sonrisa nos la produce el doble plano en que la acción
se desarrolla. Volviendo
al texto, Traveler, que duda por un momento del buen juicio de su amigo, está
actuando por ignorancia de lo que realmente sucede y se permite insinuaciones
sobre “la salud mental” de Oliveira; o quizá, conociéndolo, trata simplemente de
zaherir, ironizando, a Horacio. Pero “el objeto de estos desvelos” no sólo
“pasa” sino que se permite decir a Manú, él que es “la sensatez personificada”,
que “abundá en incongruencias...” El narrador
en tercera persona que está siguiendo con atención la escena, aporta su poquito
de humor, usando, para conseguirlo, de la exageración: “Talita te llama Manú
-dijo Oliveira, agitando la mano como si quisiera desprenderla
del brazo”
(p. 277). Ya casi
olvidado, por el frío, el asunto que mantiene a los dos amigos charlando de
ventana a ventana, se le ocurre preguntar a Traveler: “¿Para qué querés los
clavos?”. /81 Una pregunta tan ingenua, tan normal, deja confuso a
Horacio -en este capítulo lo habitual resulta extraño, porque precisamente ese
es el intento: demostrar que lo cotidiano puede ser causa de extrañamiento y
viceversa-. Y Oliveira que acepta muy a desgana lo que ocurre cotidianamente:
“estoy obligado a tolerar que el sol salga todos los días. Es mostruoso. Es
inhumano” (p. 426), aquí, en esta escena que rompe las ordenadas lógicas se
plantea, para resaltar la doble perspectiva, un hecho
parecido: “Pensar que me moriré, se dijo Oliveira, sin
haber visto en la primera página del diario la noticia de las noticias: !SE CAYO
LA TORRE DE PISA! Es triste, bien mirado” (p. 278) Mientras
Traveler va a buscar los clavos y la yerba bastante “pachorriento”, Oliveira
llena el hueco temporal con toda clase de juegos: con el diccionario, con los
titulares de los periódicos e inventando diálogos, poemas... La vuelta de
Traveler, después de los saludos al caso, interrumpe los juegos solitarios de
Horacio, que se prepara para otros de mas altos vuelos”: “-Salú -dijo
Traveler. -Salú -dijo Oliveira-. Qué frío hace
ché. -Disculpá si te hice esperar. Vos sabés, los
clavos... -Seguro -dijo Oliveira-. Un clavo es un clavo,
sobre todo si está derecho...” (p. 281). Traveler
que todavía no se ha contagiado, falta poco, de las excentricidades del amigo,
le sugiere que vaya a buscar los clavos y el mate. La reacción de Oliveira es
tan enérgica que casi creemos que Manú le pidió un imposible. La alusión al
cuento de Beecher-Stowe matiza esa exagerada respuesta a los requiebros de
Traveler: “-Tirame el paquete y después hacemos juegos en
el cementerio -dijoOliveira. -Seria mejor que vinieras a
buscarlo. -¿Pero vos estás loco, pibe? Bajar tres
pisos, cruzar por entre el hielo y subir otros tres pisos, eso no se hace ni en la cabaña del tío Tom” (p. 281). Y así, si a
la normalidad se le llama locura, la normalidad vendrá dada por la colocación de
un puente entre ventana y ventana a una altura considerable, y por la adopción
de “un transporte aéreo”, cuando la distancia, por tierra, hace innecesario
cualquier vuelo. Y ya
Traveler -el frío hace estragos- se pasa al “territorio” de Oliveira y la idea
del tablón no le parece tan desacertada: “No vas a pretender que sea yo el que practique
ese andinismo vespertino. -Lejos de mí tal intención -dijo virtuosa mente Oliveira.
[/82] -Ni que vaya a buscar un tablón a la antecocina
para fabricar un puente. -Esa idea -dijo Oliveira- no es mala del todo,
aparte de que nos servirá para ir usando los clavos, vos de tu lado y yo del
mío. -Bueno, esperá -dijo Traveler, y desapareció”
(p. 282). La
paciencia y la amistad de Traveler se ponen a prueba en este capítulo. No sólo
acepta “el nuevo juego” sino que a su vuelta, y ya cargado con el paquetito -el
tablón-, tiene que escuchar, sin ofenderse, el insulto que “el indolente” le
tenía reservado: “-Qué secante sos -dijo Traveler, bují~ndo-. En
que líos nos metés. Oliveira vio su
oportunidad: -Callate, miriápodo de diez a doce centímetros de largo, con
un par de patas en cada uno de los ventiún anillos en que tiene dividido el
cuerpo, cuatro ojos y en la boca mandib u/iI/as córneas...” (p. 282). Mas
Traveler, acostumbrado ya a los juegos con el diccionario, le devuelve el
improperio sin inmutarse: “-estirá un poco las
mandibulillas”. Las cosas
se complican, el tablón de Traveler es insuficiente y Oliveira decide aportar su
granito de arena, otro tablón, que estaba “parado” en el zaguán. Al decir que el
“tablón estaba parado”, se ha atribuido a un objeto una propiedad que no le
corresponde; pues para pararse, tenía previamente que haberse movido. Es
éste otro de los recursos del humor: adornar a los objetos inanimados con
cualidades propias de los animados. El
siguiente altercado lo sostiene Oliveira con “una señora de negro que se
desbordaba en una silla”. La gordura de la señora, metafóricamente
expresada, nos mantiene en el mismo tono jocoso, pues la gordura, sabemos, es un
elemento cómico “per se”: “- Buenas tardes, don -dijo la señora de
negro-. Qué calor hace. - Al contrario, señora -dijo Oliveira-. Hace
más bien un frío horrible. - No sea chistoso, señor -dijo la señora-. Más
respeto con los enfermos. - Pero si usted no tiene nada,
señora. - ¿Nada? ¿Cómo se
atreve? (...) Reíirese, atrevido -dijo la señora-. Le debía
dar vergüenza salir a esta hora en camiseta. - Es Masllorens, señora -dijo
Oliveira. - Asqueroso -dijo la
señora “. (p. 283) /83 Este diálogo que no tiene
desperdicio, va intercalándose con los pensamientos de Oliveira que se plantea
el problema de la realidad y lo absurda que ésta puede llegar a ser. De nuevo,
se nos ha dado como absurdo el acontecer habitual, para que las incongruencias
que van a suceder dejen de parecernos tales. Ya con el
tablón tras provocar a la señora -no olvidemos que el capítulo es una
provocación continua-, Oliveira se dirige “a la puerta de
embarque”: “- Si te apuraras un poco -dijo
Traveler. - Ya está, ya está -dijo Oliveira, asomándose
a la ventana -iTu tablón está bien sujeto, che? - Lo calzamos en un cajón de la cómoda, y
Talita le metió la Enciclopedia Autodidáctica Quillet. - No está mal -dijo Oliveira-. Yo al mio le voy
oponer la memoria anual del Statens Psykologisk~Pedagogiska Institut, que le
mandan a Gekrepten no se sabe por qué. - Lo que no veo es cómo los vamos a
ensamblar... -
Parecen dos jefes asirios con los arietes que derribaban las
murallas -dijo Talita que no en vano era la dueña de
la enciclopedia. (p. 284) Notamos que
“la utilidad” de las enciclopedias y de los diccionarios dejan de ser las
habituales. La Enciclopedia, “lo más pesado” que hay en la estancia, sirve para
afianzar un tablón; y de los diccionarios se sirven para realizar con ellos
juegos increíbles. Y otra vez se pone de manifiesto la intención del libro:
desacralizar “lo intocable” y elevar lo nimio; mezclar los valores y desdibujar
los límites de las categorías. La última
comparación de la cita nos la hace Talita, “que no en vano es la dueña de la
enciclopedia”: “parecen dos jefes asirios con los arietes...”. No olvidemos que,
teniendo como excusa “los clavos y el mate”, Horacio y Traveler tratan de romper
“la muralla” que los separa, que es la que delimita los dos “territorios”; el de
Oliveira ajeno y en lucha con las circunstancias, y el de Traveler que,
aceptando la vida tal como se le ofrece, la acomoda a su albedrío y, en cierta
manera, la supera. A
continuación, y como en un intento de rebajar “esa cultura de Talita” que no
podia por menos de molestar a nuestro protagonista, Horacio, presuroso, toma la
contra-ofensiva: “Es alemán ese libro que
dijiste? -Sueco, burra -dijo
Oliveira (...) El diálogo
continúa en parecidos términos y se aprovecha, de pase, para hacer sus
pequeñas críticas a la literatura argentina; y también para que Oliviera
pueda lucir sus habilidades /84 culturales, que en esta ocasión
se ven un poco deslucidas por las de Traveler: (...) Trata de cosas tales como la Mentalhygieniska synpunkter i
förskoleundervisning. Son palabras espléndidas, dignas de ese mozo Snorri
Sturlusson tan mencionado en la literatura argentina. Verdaderos pectorales de
bronce (...) - Los raudos torbellinos de Noruega -dijo
Traveler. - ¿Vos realmente sos un tipo culto o solamente
la embocás? -preguntó Horacio con cierto asombro. - No te voy a decir que el circo no me lleve
tiempo -dijo Traveler- pero siempré queda un rato para abrocharse una estrella
en la frente. Esta frase de la estrella me sale siempre que hablo del circo
(...) ¿De dónde la habré sacado? ¿ Vos tenés alguna idea
Talita? - No -dijo Talita (...) Probablemente de alguna novela
portorriqueña. - Lo que más me molesta es que en el fondo yo
sé donde he leido eso. - ¿Algún clásico? - insinuó
Oliveira. - Ya
no me acuerdo de que trataba -dj/o Traveler, pero era un libro
inolvidable. - Se nota -dijo Oliveira.” (p.
285) El uso de
un cliché estereotipado, “era un libro inolvidable” ha hecho caer a Traveler,
involuntariamente, en franca contradicción: “no me acuerdo.., pero era un
libro inolvidable.” Momento de debilidad que aprovecha Horacio para marcarse el
último tanto de la conversación, usando una ironía dispuesta para el caso: “se
nota”. Después,
será el doble sentido de las palabras, recurso muy común en la comicidad, el que
nos llevará hacia la sonrisa. Recordemos, porque quizá lo habíamos ya olvidado,
que mientras los amigos hablan “de sus cosas”, la actividad en torno a los
tablones continúa: “- ¿No empatillás los tablones con tu soga?
-pregunto Traveler. - Mirá -dijo Olivicra-.
Vos sabés muy bien que a mí el vértigo me ha impedido
escalar posiciones. El solo nombre del Everest es como si me pegaran un tirón en
las verijas. Aborrezco a mucha gente pero a nadie
como al sherpa Tensing, creéme.” (p.
286) Por el
contexto, el “escalar posiciones” queda claro que se refiere a la altura; pero
no cuesta demasiado adivinar tras él la doble intención de Oliveira y también
del escritor. La siguiente frase humorística viene dada por la manipulación de
una frase común, en este caso “aborrezco a poca gente” por la contrapuesta:
“aborrezco a mucha gente”. Ha habido, por tanto, un cambio entre lo
esperado y lo acontecido. Y como en otras ocasiones, la /85 alusión a
una persona real -en este caso “el sherpa Tensing”- dentro de la ficción, que
con su vivencia contribuye a dar cierta realidad a la novela, sirve al propósito
del escritor: el de separar las barreras tan rígidas entre ficción y realidad:
Además, y tal como nos imaginamos, el sherpa lensing fue uno de los pioneros en
la conquista del Everest: “el escalar posiciones” queda “altamente”
justificado. Y ya dentro
de la acción, vemos a Oliveira poco dispuesto a subirse al tablón: el “horror
vacuis” y todas esas cosas. Traveler lo haría, pero... hace concesiones galantes
a Talita y le deja el papel de protagonista del “happening”. Las primeras
referencias sobre el verdadero sentido del puente quedan
esbozadas: Vos te dás cuenta -le dijo Traveler a Talita-.
Pretende que te arrastres hasta el medio del puente y ates la
soga. - ¿Yo? -dijo Talita. - Bueno, ya lo oíste. - Oliveira no dijo que so tenía que arrastrarme
hasta el medio del puente. - No lo dijo, pero se deduce.
Aparte de que es más elegante que seas vos la que le alcance la yerba. “(p. 286-8
7) A falta de
argumentos convincentes, Traveler ha usado de la incongruencia que se pone de
manifiesto al intentar convencer a Talita en su decisión, con unos medios
totalmente desproporcionados a la gravedad del momento -hablar de lo que
“resulta más fino” cuando lo que se juega es la vida, el tablón está a una
altura respetable- no parece demasiado acertado. De cualquier forma, hay
que tener siempre presente que en este capítulo de lo que se trata,
precisamente, es de romper la lógica en todas sus facetas. La
siguiente manifestación de humor, esta vez del calificado como negro, aparece
casi de inmediato y es Oliveira con sus pensamientos quien lo
produce: “¿Qué están hablando, che? -dijo Oliveira, sacando la mitad
del cuerpo por la ventana y apoyando las dos manos en el tablón. La chica de los
mandados había puesto una silla en la vereda y los miraba. Oliveira la saludó
con una mano. (...) Si alguien se cae la sangre
le va a salpicar, eso es seguro...”
(p. 287) Y ya Talita
en el tablón, víctima propicia, ha sido denominada “por mayoría”, dados los
atributos al caso. Antes, había habido un adelanto sugerente por parte de
Oliveira: sueco, burra”, que debió ponernos sobre aviso porque: “Talita se puso
a caballo en el tablón y avanzó unos cinco centímetros, apoyando las dos manos y
levantando la grupa hasta ponerla un poco más adelante.” (p. 288). Ha habido, de
nuevo, una cesión galante, por aquello de que es hembra, en el plano semántico.
Primero se pone “a caballo”, es decir en postura de montar a caballo.
Talita es todavía el jinete; después -tiene que haber una perfecta unión entre
jinete y caballo para conseguir la victoria- Talita levantará “la
[/86] grupa” hasta posarla un poco más adelante, ya pasó a ser el
caballo. De nuevo
aparece el humor negro, por esa misma desproporción entre un “posible suceso”
grave: la caída de Talita a la calle, y otro perfectamente intrascendente,
teniendo en cuenta el primero, y que es al que se le da importancia. Otra vez
estamos ante la pérdida de valores: “- Esta salida de baño es muy incómoda -dijo
Talita-. Sería mejor unos pantalones tuyos o algo así. - No
vale la pena -dijo Traveler-. Ponele que te
caés, y me arruinás la ropa.” (p. 288) Desde una
nueva perspectiva, la del vacío, Talita subjetiviza el
espacio: “- Qué ancha es esta calle -dijo Talita,
mirando hacia abajo-. Es mucho más ancha que cuando la mirás por la
ventana. - Las ventanas son los ojos de la ciudad -dijo Traveler- y
naturalmente deforman todo lo que miran. Ahora estás en un punto de gran pureza,
y quizá ves las cosas como una paloma o un caballo que no saben que tienen Ojos.” (p.
288) Traveler,
siempre desde el otro lado de la ventana, el de adentro por supuesto, anima a
Talita “suspendida” con “elucubraciones metafísicas”, otra incongruencia, porque
si el estado de Talita está tan próximo a la unión con las cosas sin
intermediarios: “ese ver las cosas como una paloma o un caballo que no saben que
tienen ojos”, ¿No se pone él en el tablón para conseguirlo? La pérdida, desde
fuera, da mucho de sí. Y con la mención del caballo”, la idea de la cesión
semántica de la que antes hablábamos se confirma. Y otra vez Oliveira rompe el
tono “sublime”, con un comentario capcioso acerca del estilo de Traveler, y la
mención de la revista que le corresponde: La Nouveau Revue Française: “- dejate de ideas para la N.R.F, y sujétale bien el tablón
–aconsejó Oliveira. “ (p.
288) Cada tanto,
la idea “del frío” aparece. Sabemos que la sugestión va unida a la
insistencia. Oliveira pregunta a Talita por sus
pertenencias: - Supongo que traés la yerba y los
clavos. - Los tengo en el bolsillo -dijo Talita-.
Tirame la soga de una vez. Me pongo nerviosa, creeme’. - Es
el frío -dijo
Oliveira, revoleando la soga como un gaucho-. Ojo, no vayas a perder el
equiblirio. Mejor te enlazo, así estamos seguros de que podés agarrar la
soga.”‘ (p. 289) Observamos
la concatenación de ideas. Oliveira enlaza, estilo gaucho, a Talita con la soga.
A los caballos salvajes -aquí Talita lo es porque no pertenece al dominio de
Oliveira para domarlos, o lo que es lo mismo para adaptarlos al nuevo medio
-el hombre- se les /87 enlaza para evitar, naturalmente, que se
escapen. Sabemos que Oliveira está intentando atraer a Talita hacia él, hacia su
medio. De momento ha conseguido enlazarla, y a la primera. Los pensamientos
confusos que este hecho provoca en el protagonista nos sugieren la idea de
la posesión y de la conquista que ya apuntábamos: “ ‘(Es curioso pensó viendo parar la soga sobre
su cabeza. ‘Todo se encadena perfectamente si a uno le da realmente la gana. Lo
único falso es el análisis’.” (p. 289) Ya Talita
cerca del tablón de Oliveira: son dos los tablones que forman el puente, uno
aportado por Traveler y el otro por Oliveira. Cerca, pues, Talita del “puente”
de Horacio y ante la invitación del hombre a pasar “de su lado” siente miedo. El
territorio de Oliveira es oscuro e indefinible: “- Tengo miedo -dijo Talita-. Tu tablón parece
menos sólido que el nuestro. - ¿Qué? -dijo Oliveira ofendido-. ¿Pero vos no te das cuenta
que es un tablón de puro cedro? No vas a comparar con esa porquería de pino.
Pasate tranquila al mío, nomás. “ (p.
291) Efectivamente, la unión de Traveler y Talita es
más firme, aunque en estos momentos esté resquebrajada, que la que puede ofrecer
Oliveira, y la mujer lo sabe: “Vos que decís Manú”. Traveler que siente que
Talita puede escapar de su dominio y pasar al de Horacio tiene miedo. Él no
necesita la soga para enlazar a Talita, porque la rienda hace tiempo que la
domina, sino que emplea las caricias de lo ya ganado, el terrón de azúcar para
endulzar relaciones: “- No le hagás caso -dijo Traveler-. Tirale nomás el
paquete, y volvé. Talita se dio vuelta y lo miró, dudando de que hablara en
serio. Traveler la estaba mirando de una manera que conocía muy bien, y Talita
sintió como una caricia que le corría por la espalda...” (p. 291) El juego ha
terminado. Los amigos han tendido otro puente entre ellos que tampoco han
conseguido atravesar. Se han quedado cada uno de su lado. El paso se realizará
después, en otro capítulo, el que cierro la serie “Del lado de acá”. Allí el
puente, la barrera que los separa, está formada con piolines. Traveler tiende el
puente del amor, ya no está la mujer como intermediaria; y Oliveira siente que
ese puente es dulce de pasar y que le puede llevar a la conciliación con el
mundo. Pero aquí, cada uno vuelve a “sus pagos”: “Oliveira había bajado los brazos y parecía indiferente a lo
que Talita hiciera o no hiciera. Por encima de Talita miraba fijamente a
Traveler, que lo miraba fijamente. ‘Estos dos han tendido otro puente entre
ellos’, pensó Talita. ‘Si me cayera a la calle ni se darían
cuenta’.” (p. 291) La llegada
de Gekrepten llena de paquetes rompe esta situación dramática. En Gekrepten
están representadas la intrascendencia, “la alegría vacuna”, la domesticidad en
todas sus manifestaciones: “Ahí viene Gekrepten llena de paquetes. Éramos pocos
y parió la abuela.” (p. 293). /88 El absurdo no ha terminado pero
si el juicio: “Ya me han juzgado, pensó Talita. Ahora no tengo más que casarme y
ellos seguirán con el circo, con la vida”. (p. 294) Sigue
Talita en el tablón y el calor empezaba a hacer estragos en la mujer. Una nueva
incongruencia lleva a Traveler a buscar un sombrero para que se cubra, cuando lo
lógico hubiera sido ayudarla a entrar en la estancia. El tiempo que tardó Manú
en buscar la protección -tarea complicada a juzgar por la demora- es aprovechado
por Talita y Oliveira para jugar a “las preguntas balanzas”, “juego óptimo
y apropiado” para la situación presente: el panceo de la tabla donde permanece
Talita, el sol, el peligro de una insolación... La entrada de Gekrepten en la
estancia agudiza el absurdo hasta el límite, si es que éste no fue rebasado hace
tiempo: “Se abrió la puerta de la pieza y Gekrepten
entró respirando agitadamente. Gekrepten era rubia teñida, hablaba con mucha
facilidad, y ya no se sorprendía por un ropero tirado en una cama y un hombre a
caballo en un tablón. - Qué calor -dijo tirando los paquetes sobre
una silla-. Es la peor hora para ir de compras, creeme. ¿Qué hacés ahí, Talita?
Yo no sé por qué salgo siempre a la hora de la siesta
(...) - Bueno, bueno -dijo Oliveira, sin mirarla-.
Ahora te toca a vos, Talita. -No me acuerdo... -Ah, es por el dentista -dijo Gekrepten (p. 295) La
conversación entre Gekrepten y “el aire” continúa en parecidos términos. Talita
y Oliveira siguen con sus juegos, en esa otra dimensión. El absurdo y el humor
como componente de aquél se dan entre estas dos escenas tan dispares; y lo
que se desprende de todo ello es que lo absurdo sólo resulta tal, si no hay
adecuación con el momento; y tan “irracional”, o más si cabe, es la frívola
conversación de Gekrepten en medio de todo el tinglado, como el tinglado mismo.
Las diferencias que marcan los distintos territorios, el de la normalidad y el
del absurdo, han quedado en entredicho. Y nosotros, involucrados
intencionadamente en la escena, también llegamos a pensar con el escritor lo
absurda y “fuera de tono” que resulta la actuación de
Gekrepten. La solución
del capitulo que estaba resultando demasiado larga la da Talita, tirando el mate
y los clavos a la habitación de Oliveira, y volviéndose por donde había venido,
y eso sí que era toda una demostración: “Talita había sacado el paquete del bolsillo de
la salida de baño y lo balanceaba de atrás adelante. El puente empezó
a vibrar... - No hagás tonterías -dijo
Oliveira... - ¡Ahí va! -gritó
Talita. - ¡Más despacio, te vas a
caer a la calle! [/89] - ¡No me importa! -gritó Talita, soltando el
paquete que entró a toda velocidad en la pieza... - ¡Espléndido! -dijo Traveler, que miraba a
Talita como si quisiera sostenerla en el puente con la sola fuerza de la
mirada-. Perfecto, querida. Más claro imposible. Eso sí que fue
demostrandum.” - Volviste -murmuró Traveler-. Volviste, volviste
(...) -En fin, en fin -dijo Oliveira...” (p.
303-4-5-6) Pero como
la vida es una comedia, lo trágico y lo cómico como postura mantenida no
sirven, y Gekrepten, sin quererlo, por desconocimiento o “ingenuidad
ignorante”, nos devuelve la sonrisa: “Gekrepten había terminado de juntar la yerba
con una cuchara. -Estaba llena de clavos -dijo Gekrepten-. Qué
cosa tan rara. -Rarísima -dijo Oliveira.” (p. 306) La ironía
última de Horacio que asiente a la extraña afirmación de Gekrepten, aunque para
él “la rareza” del hecho era fácilmente explicable, nos devuelve al personaje a
su conducta habitual. Y ya enfilados en la sonrisa, las justificaciones finales
con que Gekrepten quiere explicar “a la concurrencia” algo tan difícilmente
explicable y la “obscena canción final” nos hacen olvida las peripecias de la
escena: “...¿Usted se montaría en una madera, señora,
si no es mucho preguntar? - Yo no -dijo Gekrepten-. Pero Talita trabaja
en un circo (...) - ¿Hacen pruebas? -preguntó uno de los chicos-.
¿Adentro de cual circo trabaja la cosa esa? - No era una prueba -dijo Gekrepten-. Lo que
pasa es que querían darle un poco de yerba a mi marido y entonces...
(...) Los chicos se pusieron en fila y empezaron a
cantar, con música de ‘Caballería ligera’: Lo
corrieron de atrás, lo corrieron de atrás, le metieron un palo en el
cúúúlo... (Bis) (p.306-7)
|