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Ana Ozores y Fermín de Pas:Biografías paralelas en “La Regenta”
de Clarín
Celina Alegre Los
grandes amores correspondidos que nos ofrece la literatura suelen terminar de
forma lamentable, pero igual o más conmovidos podemos quizá sentirnos ante
aquellas historias que tratan precisamente de la imposibilidad amorosa entre dos
personajes que reúnen todas las cualidades para hacerse felices el uno al otro.
La Regenta de Clarín, vista de ese modo, cuenta la historia de un
canónigo y una malmaridada que, pese a ser tal para cual, no logran la
reciprocidad amorosa. Este aspecto -el que tanto la Regenta como el Magistral
parezcan hechos el uno para el otro- apenas ha ocupado a la crítica
especializada; porque si en la novela de Leopoldo Alas no hallamos a Fermín de
Pas y Ana Ozores emparejados en una cama, no por ello dejamos de notar que el
narrador de La Regenta junta a los dos protagonistas de múltiples
maneras, a través de una hábil estrategia. Una muestra de esa actitud del
narrador la encontramos en su construcción de las vidas de las dos personajes.
Si el lector hace el esfuerzo de tener presentes las peripecias biográficas
de Ana y Fermín, y las pone en contacto, posiblemente apreciará las afinidades
que a continuación detallamos. El
padre de Ana y el padre de Fermín, actuando cada uno según su posición
social, tienen algunos rasgos parecidos: los dos han seguido, antes de casarse,
una carrera militar; los dos han corrido mundo y son hombres “corridos”.
No son prácticos ni interesados: las importantes sumas de dinero que don
Carlos perdía por la causa liberal, podrían ser equivalentes al dinero que de
Pas perdía concediendo de buena fe créditos a todos los taberneros de
Matalerejo. Luego, ya en sus oriundas montañas, Francisco de /6 Pas,
en vez de mirar por el negocio del ganado, se pasa el día persiguiendo
jabalíes, corzos y osos. Don Carlos Ozores tiene que emigrar a causa de sus
ideas avanzadas, persiguiendo un ideal y empobreciéndose más cada día, lo
que no consigue paliar cuando regresa, pues se pasa el tiempo discutiendo con
sus amigos de asuntos filosóficos. Ambos mueren repentinamente, -de Pas por
accidente, cuando sus respectivos hijos únicos tienen quince años, dejando a
las familias en la más absoluta pobreza. Creemos que, de vivir Francisco de
Pas, no hubiera consentido que su hijo fuera sacerdote, le quería pastor. De
haber vivido don Carlos, no hubiera permitido que su hija se casara sin amor, y
es casi seguro que habría dado libertad a Ana para elegir como marido, si le
quería, a un hombre de cualquier posición social, por baja que fuera (su
propio matrimonio le hubiera guiado en este caso): Germán o el Fermín pastor,
por ejemplo, hubieran podido ser maridos de Ana. Sin embargo, el similar
proceder de sus padres es el causante de la pobreza de Ana y Fermín, lo que les
obliga a tomar unas opciones que esos padres seguramente no hubiesen aprobado. Poco sabemos de la madre de Ana: sólo que en el momento de casarse era una honrada y humilde modista italiana, y que murió al nacer su hija. Paula Raíces, en cambio, es el único personaje de la novela, además de la Regenta y el Magistral, de quien conocemos prácticamente toda su vida, desde la infancia; ello no es arbitrario, porque de no ser por la obsesión que tuvo Paula desde niña por salir de la miseria y la pobreza, Fermín no hubiera llegado a ser quien es. Porque, además, la madre de Fermín, observando agudamente la situación de las personas de su aldea, se da cuenta de que el cura es el único que no trabaja y tiene, en cambio, más dinero que los otras. Por eso se hace ama de curas, y luego acaricia la idea de que su hijo pueda estudiar para sacerdote -aunque no logrará su propósito hasta quedar viuda. Finalmente, Paula consigue sus objetivos: son ricos, ella es una señora, y su hijo, el Magistral, tiene a Vetusta dominada. Basadas en sus madres, corren en las vidas de Ana y Fermín calumnias paralelas: de Fermín dicen los lugareñas de Matalerejo que es “el hijo del cura”, cosa que, como sabemos, es falsa. De Ana dicen que es “la hija de la bailarina”, lo que tampoco es cierto, pero que unido a la calumnia de sus relaciones infantiles con Germán, influirá en su carácter de forma decisiva. Fermín
es montañés y aldeano por crianza. Ana se cría también en una aldea, y,
salvo el breve tiempo que pasa en Madrid al volver su padre, no vivirá en una
ciudad hasta que sus tías se la lleven a Vetusta. En el carácter de ambos se
refleja esta vida al aire libre: Fermín tiene que contentarse, en Vetusta, con
subir a la torre de la catedral para poder llevar a cabo su “recreo favorito”:
subir a la cumbre de las montañas. Ana,
por su parte, odia el mal tiempo de Vetusta, no se resigna a él, no puede vivir
contenta durante los seis meses de lluvia que sufre Vetusta al año. También es
muy sintomático que sus únicas épocas de relativa felicidad -en la Ana
adulta, se entiende- coinciden con estancias en el campo: basta comprobar
cómo varía su estado de ánimo /7 durante las excursiones y durante
la temporada que pasa en el Vivero para reponerse de su enfermedad. Las
infancias de Fermín y Ana son paralelas por su soledad visionaria y soñadora.
El Magistral, de niño, era pastor en las montañas, se pasaba las tardes solo
en las praderas con el ganado, y soñaba a su modo tanto como la pequeña Ana: “Horas y horas, hasta el crepúsculo, pasaba soñando despierto, en una cumbre, oyendo las esquilas del ganado esparcidas por el cueto ¿y qué soñaba? que allá abajo, en el ancho mundo, muy lejos, había una ciudad inmensa, como cien veces el lugar del Tarsa, y más; aquella ciudad sé llamaba Vetusta (...) En la gran ciudad colocaba él maravillas, que halagaban el sentido y llenaban la soledad de su espíritu inquieto”. (I, p. 109)* Ana
también pasa mucho tiempo sola: en las continuas encerronas, en las noches sin
sueño en que la obligaban a ir a dormir; entonces imaginaba e introducía en
sus sueños todo lo que no tenía y deseaba: caricias, besos, una madre, que
podía huir de allí, que viajaba a tierra de moros a buscar a su padre... Si la
infancia y la adolescencia del Magistral son muy duras porque tiene que trabajar mucho, primero como pastor, y luego en la rectoría de Matalerejo
para pagarse sus estudios, la niñez y la adolescencia de Ana no son menos
duras: carece por completo de afecto y está siempre el castigo amenazándola;
además, a los diez años será tachada de pecadora por unos actos que no ha
cometido. Después, cuando regresa su padre, vive la pena de llegar a la
conclusión de que su “papá” tiene unas ideas que condenan los libros que
ella lee, que se está volviendo loco. Por ejemplo, cuando lee las Confesiones
de San Agustín, piensa arrepentida en que su padre le ha dado a leer mucha
mitología: “Aquello sí era nuevo. Toda la Mitología era una locura, según el santo.” (I, p. 203) Oye una
discusión de don Carlos con sus amigos en la que defiende a los maniqueos. Ana
piensa: “¡Su padre era maniqueo! Buenos ponía a los maniqueos San Agustín, que había creído errores así. Pero su padre llegaría a con venirse; como ella, que tenía lleno el corazón de amor para todos y de fe en Dios y en el santo Obipso de Hipona”. (I, p. 205206) La
infancia de Ana está surcada por una sola amistad: Germán. Una amistad que
llega a enternecer, vista con la perspectiva de los años, porque el episodio de
la barca, la noche plenamente feliz que Ana pasa junto a aquel hombrecito de
doce añas, no conseguirá pasarla jamás con su marido. Pero es una amistad
que dura poco, como la flor del agave, que muere cuando llega a su momento de
esplendor. De hecho, el gran problema de Ana será siempre la falta de un
Germán que esté dispuesto a jugarse algo por ella -y ella por él. La
aventura con Germán nos demuestra que la culminación de la felicidad de /8
la Ana niña se produce en una ocasión en que tanto ella como su amigo se
escapan de casa, por la noche, para encontrarse. Jamás Ana llegará a ser
completamente feliz, en mi opinión, porque nunca más se produce lo que
ocurrió en su infancia. Ni en sus relaciones con Quintanar, o con el Magistral,
o con Alvaro, sucede esto: que se escapen Ana y alguno de los tres, de noche,
para encontrarse. En
cuanto a las amistades del Fermín niño, no hay ninguna alusión a ellas en la
novela. Y luego, cuando ya adolescente vive en Matalerejo, sus estudios y
ocupaciones varias no le debieron de permitir pasar demasiado tiempo con los
chicos de su edad. A los
quince años, Ana tuvo una época de máximo fervor religioso, que culmina con
la especie de visión mística que experimenta cuando emprende la escritura de
un libro de versos a la Virgen. A partir de ese suceso, Ana cae enferma: “Su enfermedad era melancólica. sentía tristezas que no se explicaba.” (I, p. 212) A esta
enfermedad vienen a sumarse, agravándola, la muerte de su padre, ocurrida por
aquellos días, y los transtornos de la transformación de Ana en mujer. La
enfermedad marca el fin de una etapa y el comienzo de otra: Ana empezará a
vivir en Vetusta. Fermín
de Pas también atravesó una época de gran religiosidad y anhelos místicos
cuando estaba estudiando para jesuita en el Colegio de San Marcos de León: “Allí por algún tiempo, había
sentido dulces latidos en su corazón, había orado con fervor, había meditado
con amoroso entusiasmo, dispuesto a sacrificarse en Jesús...” (I, p. 401) Este estado de exaltación religiosa provoca que Fermín, lo mismo que Ana, caiga enfermo: “Oh, para él no era nuevo, no, sentir oprimido el pecho al mirar la luna, al escuchar los silencios de la noche, así había él empezado a ponerse enfermo, allá en los jesuitas: pero entonces sus anhelos eran vagos (...) eran tristezas místicas...” (I, p. 560) “las
tristezas que nos explicaba” Anita, son paralelas a los “anhelos vagos” y
a las “tristezas místicas” del Magistral. Al enfermar su hijo, Paula
aprovecha para sacarle de los jesuitas y meterle en el Seminario, donde
empezará una nueva etapa para él. Otro
aspecto en el que Ana y Fermín coinciden es en su afición a la lectura.
Fermín no sólo ha tenido que leer muchos libros para cursar con éxito sus
estudios; en él la lectura es un hábito, y además de los libros relacionados
con su oficio religioso, lee también los de autores prohibidos: “Él, que leía a los autores enemigos, como a los amigos, recordaba una narración del impío Renan...” (I, p. 408) /9 “La experiencia de la vida había despertado su afición a los estudios morales. Leía con deleite los Carácteres; de los libros de Balmes sólo admiraba El Criterio y -quién se lo hubiera dicho al señor Carraspique! en las novelas, prohibidas tal vez, de autores contemporáneos, estudiaba costumbres, temperamentos, buscaba observaciones, comparando su experiencia con la ajena”. (I, p. 450) El
despacho del
Magistral está atiborrado de libros, en montones por el suelo y sobre las
sillas. Ana Ozores llega a su afición por la lectura, (“¡Saber leer! Esta ambición fue su pasión primera”), no porque unos estudios le hayan hecho interesarse por conocer y saber más, sino porque desde el principio los libros se le revelan como “un manantial de mentiras hermosas”, que es lo que ella necesita para compensar el peso de la fea realidad en que vive. Aunque no irá jamás a la escuela ni a colegio alguno, tendrá a su disposición la nutrida biblioteca de su padre. Por lo que del relato se desprende, podríamos asegurar que Ana ha leído y lee mucho más que todas las mujeres con las que trata en Vetusta. La
imagen de la Regenta leyendo es recurrente en la novela, y resulta muy
significativo que la primera vez que se la nombra se haga asociándola,
(además de a su belleza) al libro: “había él visto perfectamente a la Regenta, una guapísima señora, pasearse, leyendo un libro, por su huerta...” (I, p. 104105) Hablando
del pasado con su mujer, Quintanar le dice: “¿Te acuerdas de lo que pasó en Granada? Meses enteros sin querer teatros, ni visitas, ni más que escapadas a la Alhambra y al Generalife; y allí leyendo y papando moscas te pasabas las horas muertas (...). Volvemos a Vetusta (...) y nos coge el luto de tu pobre tía Agueda que se fue a juntar con la otra, con este pretexto te encierras en el caserón y no hay quien te saque al sol en un año. Leer y trabajar como si estuvieras a destajo...” (I, p. 383) Vemos
con frecuencia leer a la Regenta: leyendo un libro devoto sobre el sacramento de
la confesión (c. III); leyendo el Lábaro (c. XVI); a través del
catalejo del Magistral, leyendo en el parque (c. XVIII); enfrascada en la Vida
de Santa Teresa, durante una larga convalecencia; por el diario que inicia en
el Vivero, sabemos que lee Mitología y libros científicos que le presta
Benítez... Pero no
sólo comparten Ana y Fermín la afición a la lectura, sino también la de la
escritura. El Magistral, además de escribir sus sermones y artículos para
revistas católicas, está preparando una Historia de la Diócesis de Vetusta,
y, por otra parte, Fermín se había propuesto alguna vez escribir novelas: /10 (II, p. 205) Aunque
ahora ya no las escribe, no por ello deja de inventar escenas en las que Ana
tiene un papel: “El Magistral se sentía como estrangulado por la emoción. La Regenta hablaba ni más ni menos como él la había hecho hablar tantas veces en las novelas que se contaba a sí mismo antes de dormirse." (II, p. 206) Sin
embargo, de lo que escribe el Magistral sólo tenemos una muestra directa en la
novela: las cartas que escribe a Ana, y luego rompe, al día siguiente de
enterarse de su adulterio. De esas varias cartas, el narrador sólo nos da a
conocer fragmentos de dos de ellas. Para el texto de la primera, utiliza el
narrador el estilo indirecto libre; en cambio, el fragmento de la segunda, la
más hermosa, nos lo presenta en primera persona porque en esta carta Fermín se
sincera del todo, es más auténtico que nunca: “Sí, sí -decía, yo me lo negaba a mí mismo, pero te quería para mi; quería, allá en el fondo de mis entrañas, sin saberlo, como respiro sin pensar en ello, quería poseerte, llegar a enseñarte que el amor, nuestro amor, debía ser lo primero; que lo demás era mentira, cosa de niños, conversación inútil; que era lo único real, lo único serio el quererme, sobre todo yo a ti, y huir si hacia falta; y arrojar yo la máscara, y la ropa negra, y ser quien soy, lejos de aquí donde no lo puedo ser: sí, Anita, sí, yo era un hombre ¿no lo sabías?" (II, p. 495496) Ya la
Ana adolescente escribe poemas, y buena reprimenda recibe cuando las tías
descubren su afición: le prohíben que sea una “literata”, una “Jorge
Sandio”. Los escritos de la Regenta que conocemos directamente en la novela,
son párrafos de la carta de tres pliegos que le manda a Fermín de Pas, en el
apogeo de su exaltación, después de haber leído la vida de la santa de
Ávila, y los varios fragmentos de su diario del Vivero. De ellos se desprende
que no le faltan talento y gracia para escribir. En el
capítulo de “amoríos”, Fermín vivió, tiempo atrás -aunque ya de clérigo
una aventura con una “Brigadiera”, cosa que su madre le recuerda
constantemente por temor a que el lance se repita con la Regenta. Ana, ya
casada, tuvo una aventura de la que poco sabemos, a buen seguro platónica, con
un inglés, en Granada. Las horas que, según su marido, pasaba “papando
moscas”, tendrían que ver con ese hombre, que le regaló una piel de tigre y
que una vez le escribió una carta en la que “le juraba ahorcarse de un árbol
histórico de los jardines del Generalife”. Ana
recordará este episodio de su vida como “un conato de aventura ridícula”.
Por su parte, el Magistral tampoco recuerda agradablemente aquella que debió
ser aventura consumada: /11 (I, p. 419) “...suponiendo que aquello parase en un amor sacrílego y adultero, miserablemente sacrílego por haber tenido tales comienzos, ¡adiós encanto! Ya sabía él lo que era esto. Una locura grosera de algunos meses. Después un dejo de remordimiento mezclado de asco de sí mismo; verse, despreciable, bajo, insufrible...” (II, p. 226) Ambos,
Ana y Fermín, recuerdan con afecto su infancia, pero por motivos contrarios:
mientras que al Magistral le enternece pensar en su niñez, en los anhelos de
aquel pastor melancólico que había sido, porque esto le ayuda a conformarse
con el puesto que ocupa en la actualidad, “Era una especie de placer natural,
pensaba de Pas, el que sentía comparando sus ilusiones de la infancia con la
realidad presente. Si el joven había soñado cosas mucho más altas, su dominio
presente parecía la tierra prometida a las cavilaciones de la niñez...” (I, p. 108) en cambio, a la Regenta, pensar en
lo que había sido le provoca disconformidad con su situación
actual: “Pensando la Regenta en aquella niña que había sido ella, la admiraba y le parecía que su vida se había partido en dos, una era la de aquel angelillo que se le antojaba muerto. La niña que saltaba del lecho a oscuras era más enérgica que esta Anita de ahora, tenía una fuerza interior pasmosa para resistir sin humillarse las exigencias y las injusticias de las personas frías, secas y caprichosas que la criaban”. (I, p. 167) Tanto
Ana como Fermín poseen un físico bello. El Magistral es alto, blanco de piel,
velludo, es un hombre fornido por constitución y tiene músculos hercúleos
porque, además, hace gimnasia con pesas de muchos kilos. Su cara es blanca,
tiene los ojos verdes y una mirada que pocos resisten. Su nariz es larga,
recta, “sobrada de carne hacia el extremo”, sus labios largos y delgados, y
la barbilla tendente a subir. Su cabello es negro y abundante. La
Regenta, cuando deshace su peinado, tiene una larga y espesa cabellera de color
castaño claro. Sus ojos son azules, su rostro es dulce, pálido, se parece a la
Virgen de la Silla, de Rafael. Es alta y de proporciones perfectas. Si Ana
es la mujer más hermosa de la ciudad, Fermín sería, según el narrador, “a
lucir entallada levita, el más apuesto azotacalles de Vetusta”. Está claro,
pues, que si el Magistral vistiera de hombre, don Álvaro Mesía pasaría a
ocupar el segundo puesto en /12 apostura dentro del mundo novelesco
de Vetusta. De Ana están enamorados, cada uno a su modo, el poeta Trifón Cármenes (el platónico y romántico), y Álvaro Mesía (el carnal). Del Magistral están enamoradas Olvido Páez, platónica y romántica, y la carnal Obdulia Fandiño. Tras
este repaso comparativo, hemos de concluir que las vidas de nuestros
protagonistas no se parecen a las de ninguno de los personajes de la novela,
tanto como se parecen entre sí. Es más, Ana y Fermín sólo se parecen
mutuamente. Sus vidas son paralelas. En el fondo, son dos personas destinadas a
encontrarse. El único que se da cuenta de ello es el Arcipreste Ripamilán, que
por eso mismo aconseja a Ana que en adelante confiese con el Magistral: “Don Fermín -le había dicho- usted es el único que podrá entenderse con esta hija mía querida, que a mi iba a volverme loco si continuaba contándome sus aprensiones morales (...) En fin, yo no sirvo para estas cosas. A usted se la entrego. Ella, en cuanto le indiqué la conveniencia de confesar con usted, aceptó, comprendiendo que yo no daba más de mí (...) En fin, usted verá. Don Víctor es como Dios le hizo. No entiende de estos perfiles; hace lo que yo. Y como no hemos de buscarle un amante para que desahogue con él -aquí volvió a reír don Cayetano- lo mejor será que ustedes se entiendan.” (I, p. 39 7398) Ripamilán
-que fue quien recomendó a Ana que se casase con Quintanar- comprende que ni el
marido ni él mismo como confesor, pueden entender a la Regenta, y aunque don
Cayetano diga como en broma lo del amante, el hecho de decirlo muestra que para
él, consciente quizá del peligro, el Magistral puede ser el sustituto del
amante que Ana necesita. Es evidente, además, que si para el Arcipreste Ana “no
es una señora como estas de por aquí”, el Magistral tampoco debe de ser a
sus ojos uno más de entre el cabildo, y por eso le escoge, guiándose más
por la personalidad que por la jerarquía. Lo que el Arcipreste, ingenuo a pesar
de su experiencia, no se le ocurre pensar es que Fermín pueda llegar a
enamorarse de Ana como un hombre, lo que sin duda podría haberle venido a la
mente de no ser porque en él picardía y castidad siempre han estado unidas. Lo que diferencia radicalmente a Ana y a Fermín -ella está casada y él es sacerdote, es también posiblemente lo que les hace más semejantes: ambos están viviendo entre la clase alta de la sociedad, pero ninguno de los dos estaría en ella de no haber tomado la opción que ha arruinado su vida. Uno y otro han tenido un problema de subsistencia que, paradójicamente, les ha conducido a una situación social privilegiada. Fermín se hizo sacerdote porque era la única solución posible para un muchacho ambicioso en sus circunstancias; el panorama que contempla en la taberna de su madre no hace más que alentarle: “El espectáculo de la ignorancia, del vicio y del embrutecimiento le repugnaban hasta darle náuseas y se arrojaba con fervor en la sincera piedad, y devoraba los libros y ansiaba lo mismo que para él quería su [/13] madre: el seminario, la sotana, que era la toga del hombre libre, la que le podría arrancar de la esclavitud a que se vería condenado con todos aquellos miserables si no le llevaban sus esfuerzos a otra vida mejor, una vida digna de su ambición y de los instintos que despertaban en su espíritu.” (I, p. 554) Fermín no empieza a estudiar latín, con el cura de
Matalerejo, por vocación, sino porque aspira a un destino más elevado que el
que su origen humilde puede darle, y la única salida para lograrlo es el
sacerdocio. No es único Fermín en considerar el estado religioso como un medio para escapar de su posición, también Ana llega a pensar seriamente en el convento. La opción que finalmente acepta -casarse con Quintanar, al igual que Fermín, tampoco tiene nada que ver con la vocación; Ana asume su matrimonio no porque esté enamorada de don Víctor, sino porque depende económicamente de sus tías y éstas la ponen entre la espada y la pared: o se casa, o no le dan de comer. Casarse significa dejar de ser una carga, y ya no tener que soportar que le recuerden, a cada momento, que lo es.
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